Aotearoa

(Blog dedicado a mi querido, paciente, amigo y amado Robin)

Nueva Zelanda- Aotearoa, en maorí.

Tierras lejanas,…sí; A más de 19.000 kilómetros desde la Península Ibérica, lo que supone más de 30 horas en avión hasta Cristchurch, en la isla del sur,…sí; Pero, Nueva Zelanda ofrece un extenso abanico de posibilidades medioambientales, culturales e históricas que no se puede pasar por alto.

Este mes de Febrero hace un año que visité esta nación isleña que limita al norte y al este con el Pacífico Sur, al oeste con el Mar de Tasmania y al sur con el Océano Antártico.

Nueva Zelanda, uno de los últimos lugares de la Tierra en ser conquistado y colonizado, se distingue por su aislamiento geográfico. Sus vecinos más cercanos hacia el norte son Nueva Caledonia, Fiyi y Tonga. Su población -alrededor de 4.5 millones- es mayoritariamente de origen europeo (75%), sin embargo, los habitantes maoríes representan una importante minoría. Antes de la llegada de los europeos -los holandeses y posteriormente los ingleses– los pueblos indígenas ya hacía tiempo que se habían establecido. Según los libros de Historia, se cree que llegaron entre los años 500 y 1300 a.C. Y, según la tradición oral maorí, la llegada de sus antepasados provinieron de Hawaiki (un lugar legendario en la parte tropical de Polinesia) por grandes canoas que cruzaban los océanos, llamadas popularmente wakas.

Los maoríes fueron un pueblo de guerreros con religiones animistas y chamanicas que practicaban el canibalismo. Después de la llegada de los europeos, vieron restringirse su territorio hasta quedar concentrados en reservas como las de Te Ika, en Maui (isla del norte).

Bandera maorí

Como dato curioso -y basado en un documento que se presentó a Felipe II- no parece que fueron los holandeses los primeros europeos en llegar a la región, sino los mercaderes Juan Judré y de Juan Fernández, en nombre de España, a finales de 1576, pero el hecho no pasó de ahí. Años más tarde, en 1642, la Historia o la suerte hizo que el neerlandés Abel Janszoon Tasman, navegando por las costas de la Isla del Sur, avistara tierra, pero un malentendido con la población indígena le impidió desembarcar. En todo caso, las islas fueron bautizadas por los holandeses como Staten Land (Tierra de los Estados). Más tarde recibiría el nombre de New Zealand, tras las expediciones llevadas a cabo en 1769 por el inglés James Cook, lo que supuso la definitiva colonización de esta tierra en las Antípodas.

En 1840, Nueva Zelanda se convirtiría en colonia británica con el Tratado de Waitangi -firmado por representantes de la corona británica y jefes maoríes de la Isla Norte-. No obstante, el gran problema radica en que se firmaron dos versiones, una en inglés y otra en idioma maorí, con puntos discordantes. La versión indígena diría que ellos aceptaban la permanencia de los británicos a costa de la protección permanente por parte de la corona. Mientras que la versión británica hablaba de un sometimiento de los maoríes a la corona a cambio de la protección británica.

Cartel de la rúbrica

Lo importante es que este Tratado supuso el punto fundacional de Nueva Zelanda como nación hasta transformarse en un dominio independiente el 26 de septiembre de 1907 por una proclamación real. La independencia fue cedida por el Parlamento del Reino Unido con el Estatuto de Westminster en 1931, y fue adoptado por el Parlamento de Nueva Zelanda en 1947. Desde entonces, es un estado independiente que pertenece a la Mancomunidad Británica de Naciones (o Commonwealth).

El país es largo y estrecho, de terreno abrupto consistente en dos Islas, la del Norte y la del Sur (además de un pequeño grupo de islotes). Su extensión cubre una superficie de 166.940 km2 y 1.600 kilómetros de longitud.

La Isla del Norte -con sus playas doradas, los ancestrales bosques de kauris, volcanes, áreas termales, y grandes ciudades (entre las que se encuentra Wellington la capital)- es la zona más poblada de las dos.

La Isla del Sur -con sus montañas nevadas, glaciares, sus exuberantes bosques nativos y fiordos- es la mayor de las dos islas; Y orgullosamente llamada “la tierra principal” por los habitantes de la misma.

Lo que más me impresionó del viaje a la isla del Sur- teniendo a Christchurch como punto de referencia- fueron sus impresionantes paisajes: praderas de intensos colores verdes, cielos de las más variedades gamas azules y campos en tonos amarillos. Carreteras sin alma, en las que transitabas sin encontrar vida alguna durante kilómetros y kilómetros. Sólo rebaños de ovejas que trotan a sus anchas (desde que las trajeran los colonos europeos en el siglo XIX). Y también queda la posibilidad de coger una avioneta para poder ver los Alpes y fiordos sobrevolando las nubes con un piloto que bien se puede asemejar a Robert Redford, como a mí me lo pareció.

Este país ha visto, además, cómo en el mundo del cante surgían artistas del nivel de Shapeshifter, Lady 6, Rhombus, Trinity Roots, o el maorí Tiki.

En la producción y filmación de cine, Nueva Zelanda no se ha quedado atrás. Ha servido de plató a numerosas películas como, las más conocidas: “Rain“, “The Lord of the Rings“, “Whale rider“, “The last Samurai“, “Broken english“, “Avatar“, o mi preferida “The piano“. Con una banda sonora, interpretada por Michael Nyman, que pronto se convertiría en un éxito de ventas.

Un film que ganó la Palma de Oro del Festival de Cannes en 1993, y por el que la protagonista Holly Hunter se llevó ese mismo año el Oscar como mejor actriz. Y qué decir de la niña en este largometraje de Roman Polanski, Anna Paquin -quien ya prometía-, y por cuyo papel se llevó otro Oscar como actriz de reparto. Actualmente la podemos ver, en toda su majestuosidad, en la serie sobre vampiros en “Sangre fresca” (“True blood“).


Hay pocos países en este planeta tan diversos, solitarios, vírgenes y absolutamente fotogénicos. Y, con una población -apodada “kiwi” en honor de la simpática ave- amable, extrovertida y entusiasta. ¿Qué mas se puede pedir?

Yeah, grandma!!

Por Iñigo Ortiz de Guzmán


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