New York en 6 días (1)

Dedicado a mi madre Begoña, a Norma y Becky

Nueva York 15-21 Marzo 2010

Fueron sólo seis días, pero bien intensos. Llegada al aeropuerto JFK, y un Lincon negro ya nos estaba esperando a mi madre y a mí para llevarnos a la ciudad de los rascacielos. Una urbe que debe su nombre a los holandeses, cuando arribaron tierra en el siglo XVI, y que la hicieron llamar Nueva Ámsterdam. Cien años después, los ingleses -con el rey Carlos II a la cabeza- rebautizarían la colonia con el nombre de su hermano, el Duque de York.

Es tan grande Nueva York que, lógicamente, hay que hacerse un planning; y ¡eso es lo que hicimos! Tras desempacar las maletas en casa de Norma -quien nos recibió con los brazos abiertos en su casa en pleno MANHATTAN– y a última hora de la tarde-noche, mi ama y yo fuimos a cenar y a dar una vuelta por los alrededores, desde donde divisábamos el estado de Nueva Jersey (al otro lado del río Hudson) y la estatuta de la Libertad. Y poco más, que estábamos cansados del vuelo, y pensando en coger energías para lo que se nos avecinaba.

PRIMER DÍA

Lo primero de todo fue desayunar unos riquísimos bagels con mermelada y mantequilla, una tradición bastante anglosajona y -por qué no decirlo- demasiado buenos. Mi recomendación es empezar por el sur de la isla e ir subiendo conforme los pies aguanten. Eso sí, mejor andando que no en metro. Primera parada: sacarnos unas fotos con la escultura del toro Charging Bull (de Arturo Di Modica) en el diminuto parque de Bowling Green para después embarcarnos en el ferry que nos llevaría hasta STATEN ISLAND, una de los cinco barrios que componen Nueva York. Las fotos hablan por sí solas, y las vistas de Manhattan desde aquí…impresionantes.

Tras apearnos del ferry -que, por cierto, es gratis- Wall Street fue la siguiente parada. Una calle de 1,5 kilómetros de longitud que debe su nombre al muro que construyeron los holandeses en 1653 para marcar el límite norte de su territorio. La Bolsa de valores más grande del mundo (NYSE) merece la pena visitarlo por lo que ahí se mueve en dólares. Al lado quedan el Federal Hall (donde estuvo el primer ayuntamiento de la ciudad y que alberga una impresionante estatua de George Washington) y el Trinity Church (una parroquia anglicana fundada por el rey Guillermo III).

Una paradita frente al City Hall, sede del Ayuntamiento desde 1812, para tomar un trago de agua. Nos espera el barrio de BROOKLYN, pero antes su Puente. Famoso porque supuso el primero de suspensión construido en acero. Casi 500 metros de longitud, en la que es casi imposible desviarte a un lado porque el carril de los ciclistas está siempre a reventar.

Video de nuestro paso por el Puente de Brooklyn- Pulsar aquí

Brooklyn bien vale visitarlo por unas horas, o incluso para un día. Y es que puede ser tan grande como Manhattan y, a día de hoy, el barrio más efervescente y trendy. En todo caso, nos contentamos con el paseo de Heighs Promenade desde donde se aprecia una de las estampas más increíbles del skyline de NYC. Y, mirando donde comer, dimos con la pizzería mejor consideradas por los neoyorkinos: el Grimaldi`s. Con sus mesas a cuadros rojos, teniendo que hacer cola para hacerse hueco, disfrutamos de una buena comilona, y eso que pedimos la pizza más pequeña -y que no tardó en salir del horno de leña-.

Con el estómago lleno, nos encaminamos por la zona judía de Dumbo, un área donde las calles empedradas son su característica y el Brooklyn Bridge Park una zona de recreo desde donde se avista con todo su esplendor el Manhattan Bridge, por el cual cruzamos para llegar a Chinatown. Aquí llegamos con un calor insoportable de 20 grados lo menos…En este barrio viven más de 150.000 sinoparlantes, la comunidad china más grande fuera de Asia. Es popular por vender -cómo no- copias perfectas de perfumes, bolsos y demás artilugios informáticos. Pero apenas hacemos una parada, salvo para hacernos la manicura en una tienda en la que sus trabajadoras no hacían más que hablar y que al final te decían “pay, pay” (pagar,pagar). Little Italy es más agradable. Aunque el distrito que vio pasar por sus calles a Martin Scorsese o a Frank Sinatra, hoy está más bien diluído y cada vez más atestado de asiáticos.

Corriendo tuvimos que ir, ya de noche, a coger el metro. Que, por cierto, menudo follón. Parece que, debido a la crisis, han quitado personal en el subterráneo y no podíamos sacar billetes. Además, hay no sé cuántas líneas, que unas son express (no paran en todas las estaciones) y otras que no (pero que son más lentas). El hecho es que por fin pudimos llegar a la hora al musical en Broadway de “Come Fly Away“; un show en el que las canciones de Frank Sinatra son su máxima, y unos de los cantantes favoritos de mi madre.

Video de Frank Sinatra “Strangers In The Night“- pinchar aquí

Nos sentíamos “extraños en la noche” neoyorkina (como canta Sinatra), rodeados de tanta gente a las 10 de la noche, cansados de tanto trajín por lo que había dado de sí el primer día…pero felices. Al fin y al cabo, estábamos donde queríamos estar. En medio de la vorágine y contentos de poder disfrutar de cinco días más juntos.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

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