El legado “feroz” de Félix

«Me quedé, a los 12 años de mi infancia, viendo aquella figura inmóvil. Aquel animal no tenía nada que ver con la bestia feroz, malvada, sanguinaria y sucia que me habían descrito. Era un animal hermosísimo, de mirada noble, profunda. Era la más acabada representación de la fuerza, de la libertad, del palpitar del corazón de la madre Tierra»

Félix Rodríguez de la Fuente (1928-1980)

Así era Rodríguez de la Fuente. Hombre tenaz, divulgador, ambientalista, licenciado en medicina y extraordinario conocedor de los lobos.

La flora, pero sobre todo la fauna fue su pasión.

Sus comienzos datan hace ahora 82 años. Nació en un pueblo agreste de Burgos (Poza de la Sal) donde aúlla el lobo y sobrevuela el águila, buen símbolo de la España rural de la época. Hasta septiembre de 1935, con siete años y medio, no pisó la escuela. Al acabar el primer curso, estalló la Guerra Civil. Los hombres, incluido el maestro, marcharían al frente. Mientras, los niños acampaban a sus anchas. Y Félix no fue una excepción. Vivió una infancia libre que le hizo esquivar la domesticación que intentaron después los frailes en el internado de Vitoria, los estudios de Medicina en Valladolid, la mili o el trabajo de dentista en una clínica de Madrid.

Y es que pronto lo dejaría todo por la libertad de las alas de los halcones. La muerte de su padre en 1959 le hizo cambiar de rumbo. Así comenzó a dedicarse a su auténtica vocación: la cetrería. El arte de cazar con aves rapaces, especialmente con halcones, azores y otras aves de presa para la captura de especies de tierra.

Rodríguez de la Fuente lo definiría como “la primera vez en que el hombre no somete al animal al yugo y al látigo“. El humano captura, liga el ave al propio hombre por reflejos condicionados, y entrena al ave en la caza y en la fidelidad. De hecho, consideraba que la caza empleando halcones o águilas no traicionaba la evolución natural.

Bajo su título oficioso de ‘cetrero mayor del reino’, Rodríguez de la Fuente recibió el encargo del Gobierno de Franco de capturar dos halcones peregrinos para regalárselos al Rey Saud de Arabia Saudí. Acompañado de una comitiva diplomática, Félix viajó a principios de los 60 al país islámico, portando dos ‘baharíes’ bautizados como Relámpago y Estrella. Un regalo que le permitió otro de vuelta. Que el rey árabe contribuyera económicamente a la producción de ‘Señores del espacio‘, el primer documental del naturalista.

Sus conocimientos se hicieron eco también en el panorama hollywodiense, trabajando en 1961 como asesor en ‘El Cid‘, que Anthony Mann rodó en España con Charlton Heston y Sofía Loren como protagonistas.

A Félix le apasionaba África. Y allí dejó su impronta dedicándose como guía de safaris fotográficos en Uganda, Somalia, Tanzania y Kenia.

Televisión Española, consciente de su valía, empezó a producir sus primeros reportajes sobre el continente africano y sobre Arabia Saudí. Cinco en total que lo emitirían en el programa ‘A toda plana‘. Más tarde llegarían fenómenos catódicos como ‘Planeta Azul‘, ‘Vida Salvaje‘ o ‘El hombre y la Tierra‘, que catapultarían a Félix al estrellato.

Él era a la tierra lo que Jacques Cousteau al mar. Y ello a pesar de que TVE le asignaba un presupuesto por episodio cinco veces inferior al que manejaba el francés en sus documentales.

Sin embargo, los ecologistas de entonces no entendían la crueldad que derramaban muchas de sus escenas. No llegaban a comprender la necesidad de masacrar a un rebaño de ovejas para rodar un par de planos en un documental sobre los lobos. Ni atar a un conejo para que no escapase de las garras de su águila amaestrada y así lograr unos planos espectaculares.

Mediante los trucos más impensables -como rellenar la piel de un cabrito de paja para que el águila protagonista pudiera cogerla al vuelo y no derrumbarse por su peso- así como con el empleo de animales casi domésticos, rodó Félix sus escenas más afamadas. Normal que los ecologistas se llevaran las manos a la cabeza en desaprobación. Hoy no se comprendería aquella forma de trabajar, pero los tiempos eran otros. Cuando Félix comenzó a divulgar su discurso, las águilas, buitres, linces y demás «piratas de la fauna ibérica», como a él gustaba llamarlos, estaban considerados alimañas. Se premiaba por su captura.

Pero cierto es que Félix nos mostró a todos una manera diferente de ver los lobos, los linces, las águilas y los buitres sobre todo. Pero también a criaturas tan hasta entonces anónimas como el desmán o el lirón careto. Y gracias a él aprendieron a quererlos y supieron de la necesidad de conservarlos.

No menos cierto es que nadie, sobre todo las jóvenes generaciones, dudan de la necesidad de conservar los ecosistemas y a los seres salvajes que viven en ellos. Todos defienden la necesidad de proteger a los lobos, de invertir para que no desaparezcan los pocos linces que nos quedan. Todos se congratulan cuando saben que el águila imperial aumenta sus poblaciones y cuando nace un nuevo espacio natural. Lo que no conocen todos, en especial quienes no han cumplido los cuarenta, es que fue este controvertido pero siempre admirable Félix Rodríguez de la Fuente quien sentó las bases de esta manera de pensar.

Inevitable conjeturar sobre cómo vería hoy un octogenario Rodríguez de la Fuente los debates sobre el cambio climático o el agujero de ozono. Es probable que le habría supuesto más de un disgusto. Pero también puede que su ascendente mediático le hubiera permitido agitar conciencias, incluso más allá de los Pirineos.

No se habría callado, eso seguro“, resume una de sus hijas, Odile. “Habría seguido con todo lo que más amó: salir a correr con sus perros, cazar con sus halcones, estar con la familia, leer. Porque mi padre no hacía lo que le gustaba, sino lo que le apasionaba“.

Este mes se celebra el 30º aniversario de la muerte de Rodríguez de la Fuente. Imposible olvidar el impacto emocional en España de aquel accidente de avioneta. Rodríguez de la Fuente perdió la vida el 14 de marzo de 1980 cuando se disponía a rodar una carrera de trineos tirados por perros en Alaska, cerca de los escenarios que veneraba por sus lecturas adolescentes de Jack London.

En el accidente de avioneta que mutiló su vida también fallecieron el piloto, su ayudante y el cámara de TVE. Poco antes de montar en el aparato siniestrado, Rodríguez de la Fuente había comentado que Alaska era «un hermoso lugar para morir».

+ info en RTVE

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

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