Por siempre FRIDA (2)

Continuación de Por siempre FRIDA

Coyoacán (Mexico) 1907-1954

Como la mayor de las riquezas secretas en una isla del tesoro, las joyas estaban allí, encerradas, sin que nadie supiese lo que ocultaba el archivo.

Pocas veces el mundo del arte se ha visto conmocionado con un descubrimiento así.

“La pintura completa mi vida”

Cuando Frida Kahlo falleció en 1954, con 47 años, Diego Rivera donó la Casa Azul de Coyoacán al pueblo de México para que se convirtiese en el museo de Kahlo. Sin embargo, los archivos fotográficos de la artista eran también los de él (en vida, ella los había fusionado en uno) y Rivera los guardó.

Poco antes de morir, pidió a su albacea –Lola Olmedo- que sus papeles no vieran la luz hasta 15 años después de su muerte. Durante 50 años aquellos armarios y cómodas repletas de fotografías permanecieron sellados. Hasta que en 2006 la luz iluminó sus secretos.

Y aparecieron 6.000 fotografías. Vibrantes, familiares, artísticas, dedicadas, personales, inspiradoras, turísticas, trucadas, recortadas y algunas -sólo algunas- hechas por la misma Kahlo.

En esa cornucopia fotográfica, Pablo Ortiz Monasterio –fotógrafo e historiador- ha escogido las 400 más relevantes, muchas de ellas inéditas, que ahora aparecen en el libro Frida Kahlo, sus fotos’.

“Pinto auto retratos porque estoy mucho tiempo sola”

Entre estas instantáneas sólo cuatro -firmadas entre 1929 y 1930-  pueden haber sido realizadas por Frida. Pero en todas ellas, en su selección, está la mano de la artista mexicana del siglo XX.

El capítulo titulado “Cuerpo roto“, que enlaza directamente con la parte más conocida de la obra pictórica de Frida Kahlo, se abre con una radiografía de su torso realizada tres meses antes de su muerte, con esa columna destrozada tan familiar para sus seguidores.

“Intenté ahogar mis dolores, pero ellos aprendieron a nadar”

Para arrancar el paseo fotográfico, una pista crucial. Guillermo Kahlo (descendiente de judíos húngaros, padre de Frida) era fotógrafo. Y un amante del autorretrato. El libro, estructurado en siete capítulos temáticos, dedica uno a sus orígenes y otro a la obra del padre, a los centenares de fotografías que Frida guardó de su progenitor.

Cuando Frida, por razones médicas, debe permanecer en cama y comienza a pintar, lo que le sale natural es el autorretrato. No lo hurta, lo hereda.

Hay que recordar que esta formidable mujer no sólo hizo de su herencia cultural mexicana, un objeto artístico legítimo e invaluable, más allá del patriotismo cargado de tintas políticas.

Frida Kahlo también le dio un nuevo entendimiento a su femenidad.

Algo radical para una mujer nacida y criada en una de las sociedades más conservadoras del mundo, en las que observar y pensar no se promueven como atributos femeninos.

Y, además, que hizo esta hermosa labor desde su realidad física de mujer enferma…

Al estar inválida y no poder cumplir con el deber femenino de la procreación, tuvo el acceso a un universo… claro, acceso doloroso, pues no podía cumplir muchos de los sueños amorosos e íntimos que tenía con su Diego Rivera. Ser madre era uno de esos sueños, pero su cuerpo roto y remendado mil veces, no se lo permitió.

“Nunca pinto sueños o pesadillas. Pinto mi propia realidad”

No era una gran belleza, pero eso le abrió un mundo.

“Mi pintura lleva con ella el mensaje del dolor”

Cuando se cierra el libro, uno piensa más en Frida mujer que en la artista. Incluso los más saturados con la doliente imaginería de la mexicana encontrarán un antídoto en este puñado de imágenes entrañables.

“Pies, para que los quiero si tengo alas para volar”

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

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