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Las abejas, en extinción

Albert Einstein ya advirtió de que “sin abejas, la humanidad desaparecería en cinco años”.

Aquella conocida frase del genio de la física es quizá un poco exagerada, pero ponía de manifiesto la importancia de estos insectos para el mantenimiento de los hábitats naturales tal como hoy los conocemos.

En la actualidad, muchos expertos coinciden en que quizás la especie humana no desaparecería en unos pocos años, pero sí asumen que la vida en la Tierra cambiaría de forma drástica.

La importancia de las abejas en la polinización y en la renovación vegetal no tiene comparación con ninguna otra especie. De hecho, el 80% de la polinización de las plantas la realizan las abejas. Hay mariposas, escarabajos y otros insectos que también realizan este proceso pero, si las abejas desaparecen, el mundo vegetal se transformaría por completo.

Si desaparecieran las abejas, la vida sería casi imposible”

Así lo postula el científico George McGavin después de un riguroso debate de la institución Earthwatch celebrado en la Royal Geographic Society de Londres.

Asimismo, en dicha discusión se hablaba de más datos: como que la salud del 60% de la población mundial depende exclusivamente de medicamentos de origen natural; que a nivel global, cada minuto perdemos una superficie de bosque equivalente a unos 20 campos de fútbol, o que 300 especies de plantas importantes para el ser humano dependen del vuelo de los murciélagos.

Revelaciones curiosas y concluyentes, que nos hacen pensar sobre la importancia de la biodiversidad.

El hecho es que cada año la desaparición de abejas sin dejar rastro se cuentan por millones. Los apicultores no saben ya qué hacer. En un principio, afectaba sólo a Estados Unidos, pero ahora es un fenómeno generalizado en casi todo el mundo.

Desde hace una década, en Europa van desapareciendo miles y miles de colmenas.

A falta de conocer sus causas, se barajan varias hipótesis.

Unos piensan que se trata de un parásito intestinal, el nosema ceranae, que provoca una enfermedad conocida como varroasis. Uno de los primeros síntomas es que las abejas parasitadas tienen las alas deformes, lo que les impide volar, y tanto su absomen como su tamaño general se queda reducido a un tercio del normal. La falta de vitalidad hace que vayan muriendo lentamente, hasta que la colmena desaparece por completo.

Hay quienes sostienen que la razón de esta mortandad es debido a la utilización de plaguicidas y pesticidas en el campo, sobre todo los neurotóxicos, que se utilizan bastante en semillas.

Otros científicos, en cambio, aseguran que la culpa es del cambio climático.

Con todo, uno de los aspectos más curiosos de este fenómeno es que no se encuentran los restos mortales de las abejas -ni de las adultas ni de las crías-.

En un primer momento, cuando no se sabía nada de esto -apunta el veterinario navarro, Pérez de Obanos- se especuló con que fueran enfermedades víricas, y de hecho le llamaban el virus de la enjambrazón, porque parecía que toda la colmena había enjambrado, había desaparecido. No quedaban restos de las abejas ni en las colmenas ni en las proximidades. Nosotros estamos viendo que la colmena muerta se queda con abundante miel y polen, pero las abejas no aparecen”.

Científicos españoles del Centro Regional Apícola de Marchamalo (Guadalajara) acaban de resolver el misterio. Apuestan que su desaparición se debe a la actuación del parásito asiático: el ‘nosema ceranae’. La primera de las hipótesis expuestas; Ataca el aparato digestivo de las abejas obreras, de los zánganos y de la abeja reina; destruyendo así las células epiteliales encargadas de la asimilación de los alimentos.

Pero es que, además, han encontrado también una explicación para el hecho de que no se hayan encontrado los cadáveres de las abejas. Al parecer, las abejas infectadas -cuando se sienten débiles- se alejan de la colmena, siguiendo un mecanismo de defensa. Mueren lejos, y los reptiles y otros insectos devoran sus restos.

CURIOSIDADES

Para producir cien gramos de miel, una abeja necesita volar una distancia equivalente a la vuelta a la Tierra (es decir, 40.000 kilómetros y recorrer nada menos que un millón de flores), pero sólo necesitan consumir 25 gramos de miel para producir esa cantidad.

Este trabajo les resulta agotador y, quizás, por ello viven tan poco tiempo. En primavera -cuando hay buenas floraciones- una abeja suele vivir unos 35-40 días. Mientras que en invierno -época en la que no salen a trabajar-viven entre cuatro y cinco meses.

Además de miel, las abejas producen cera, jalea real, polen, propóleos y apitoxina. Pero, ¿qué es la apitoxina? Pues el veneno del aguijón, que se utiliza para combatir artritis, artrosis, reúmas, problemas de cervicales y lumbalgias, entre otros dolores… Además, suele ser empleada sobre todo por la medicina alternativa.

La reina se aparea sólo una vez en su vida, con unos cuantos zánganos, en un vuelo de fecundación que sirve para seleccionar a los más fuertes. Y gracias a que tiene un espermateca en el interior del abdomen, puede mantener el esperma de los distintos zánganos e ir poniendo huevos poco a poco. Es decir, la misma reina va fecundando sus huevos a medida que lo necesita.

Todo un mundo diminuto, pero inteligente, y del cual necesitamos para vivir.

Película de animación: “Bee movie” (2007)

Más allá de lo que dijera Einstein, el que las abejas puedan desaparecer es un tema preocupante.

“Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento son mutuamente interdependientes” (Erich Fromm– psicólogo social, psicoanalista, filósofo y humanista alemán)

No queda otra más que cuidar de nuestro entorno, con respeto.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

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Incendios impunes

Se espera que hoy quede controlado el incendio que desde el pasado domingo ha arrasado 349 hectáreas de pinar en la zona de Benirràs, al norte de la isla de Ibiza. Uno de tantos en los que no se debe al cambio climático o a las altas temperaturas estivales, sino que todo apunta a otro caso de negligencia.

No hay nada de nuevo en esto… Lo de cada año por estas fechas.

Pero, ¿Qué razones de peso hay detrás de todo incendio? ¿Cuáles son los motivos para que se produzcan tantos en España?

En primer lugar, la estructura y composición de nuestros montes está determinada en gran parte por el abandono del medio rural. Este fenómeno ha traído consigo un significativo aumento de la superficie forestal en zonas agrícolas abandonadas a partir de la segunda mitad del siglo XX. Por esta razón, una parte de esta superficie está formada mayormente por masas forestales jóvenes, inestables, y con poca o nula gestión. También, el fin o el decaimiento de la mayoría de los aprovechamientos forestales como la utilización de madera, el pastoreo extensivo, la recogida de leñas, o el carboneo.

Si a esto sumamos que sólo un 16% de las masas arboladas españolas tienen un plan de gestión, tenemos una situación estructural de abandono y gran cantidad de combustible.

Pero lo más importante -tal y como ocurre en la Península Ibérica, en especial en Galicia y en nuestra vecina Portugal- es el uso cultural del fuego. Y todo con un fin: la regeneración de pastos, la limpieza de fincas, para ahuyentar animales “dañinos”, etc.

Es así por lo que el 95% de los incendios forestales están provocados por la mano de ser humano, muchos de ellos son intencionados.

Detrás de dos de cada diez incendios registrados en Galicia se esconden intereses económicos. La voz de alarma la acaban de dar agentes judiciales de la Guardia Civil al hacer público un estudio sobre el perfil psico–social de los incendiarios en la comunidad que analiza un total de 138 incendios. El objetivo es ayudar a “identificar” a los posibles autores de un incendio forestal y mejorar las medidas de prevención en la lucha contra el fuego.

Así sabemos que el 7% de los incendios registrados en Galicia son provocados por pirómanos. Las imprudencias por prácticas tradicionales como puede ser la quema de rastrojos causa casi un 24%; y más de un 25% fueron ocasionados por barbacoas, colillas mal apagadas o pirotecnias. Además, el 17,9% persiguen la obtención de algún beneficio, ya sea urbanístico, económico o ganadero, y un 5,1% pretenden causar daño a terceros.

Y lo que más preocupa: el 20% de incendios son provocados por personas con problemas psicológicos que no tienen motivación aparente alguna.

Lo cierto es que 2010 está siendo el año con menos hectáreas quemadas de la década a nivel nacional. Son más de 7.000 hectáreas de casi 26.000 en total, por el momento, que han sido pasto de las llamas en la primera mitad del mes.

Unas cifras que distan mucho de las 136.152 hectáreas arrasadas de 2006, el año más negro de la década respecto a incendios en nuestro país.

Para que nos hagamos una idea, la superficie arrasada este año supone un descenso del 72,8% con respecto al mismo periodo del 2009.

Pero GREENPEACE avisa: que no podemos bajar la guardia.

Y denuncia que sólo 1 de cada 1.000 incendiarios acaba siendo juzgado.

La organización ecologista señala en su último estudio que los incendios forestales son todavía, y pese a los avances, un delito impune.

Dicho informe señala, además, que  sólo unos pocos de los responsables de los los grandes incendios forestales (aquellos que afectan a más de 500 hectáreas, y que suponen el 40% de la superficie quemada en la última década) acaban siendo juzgados.

Greenpeace reconoce que en los últimos años las fiscalías de Medio Ambiente han realizado un importante esfuerzo para aplicar el Código Penal (vigente desde 1995) cuyo resultado es un incremento notable del número de sentencias y condenas.

Así con todo, Galicia -donde se producen más de la mitad de los incendios forestales- encabeza el número de sentencias por delito de incendio forestal y el mayor número de sentencias condenatorias.

Le siguen  Castilla y León, Andalucía, Cataluña y la Comunidad Valenciana. Navarra, La Rioja, País Vasco y Madrid son las comunidades autónomas con menor número de sentencias por este delito.

Pese a que la respuesta de la justicia está siendo acorde con las demanda social de castigar a los incendiarios, también se observa que todavía queda mucho que hacer:

Los datos cantan por sí solos: En España se producen una media de 20.000 incendios y se quema una superficie de 140.000 hectáreas todos los años.

En resumen: hay que cuidar del medioambiente. Los bosques son vitales para el mantenimiento de la biodiversidad.

Frente al cambio climático, éstos son fijadores naturales de CO2 (en Brasil, por ejemplo, los incendios forestales son la mayor fuente de emisiones de CO2). Aparte de la desertificación, la sequía y las inundaciones, las zonas boscosas impiden la erosión del suelo y regulan el clima (absorben agua de lluvia y la liberan poco a poco, incrementando la disponibilidad hídrica de los meses secos). Pero es que, además, si los árboles son gestionados de forma sostenible, ofrecen una fuente constante y renovable de recursos e ingresos.

COMBATIR LA DEFORESTACIÓN ES COMBATIR EL CLIMA

“El clima está cambiando. Este año en Rusia comprendimos muy bien la actualidad de los problemas climáticos“, son palabras del primer ministro de Rusia, Vladímir Putin, tras visitar las áeras más afectadas por los incendios forestales. Más de 28.000 incendios que ha arrasado cerca de un millón de hectáreas de bosques desde junio, y más de 11 millones de hectáreas de cultivos (es decir, el 26 por ciento del total de la cosecha).

Hay que ser conscientes de nuestra responsabilidad a nivel medioambiental.

El cambio climático conlleva una serie de consecuencias irreversibles en la vida cotidiana, desde la escasez de agua y de alimento hasta otras menos conocidas como el incremento de las facturas de suministro de agua, luz y electricidad, la subida de las primas de seguros, o el aumento de las enfermedades tropicales.

Inhalemos y exhalemos mientras podamos…

+ info en S.O.S. Planeta

Por Iñigo Ortiz de Guzmán


No sin mi H2O

Se acerca el verano. Y con el buen tiempo, el aumento del consumo de agua.

Es un componente de nuestra naturaleza que ha estado presente en la Tierra desde hace más de 3.000 millones de años, ocupando tres cuartas partes de la superficie del planeta. Su naturaleza se compone de tres átomos, dos de oxígeno que unidos entre si forman una molécula de agua -el H2O-, la unidad mínima en que ésta se puede encontrar.

El 70% del Planeta está cubierto por agua, pero sólo un 1% puede ser aprovechado por el ser humano.

Eso si lo sabemos aprovechar, claro.

Estos días, el Museu Marítim de Barcelona, acoge una exposición itinerante que ofrece el rostro de las víctimas del mal del uso del agua.

‘Agua, ríos y pueblos’ es el título elegido de esta retrospectiva donde se muestran cómo la avaricia, los intereses empresariales y las negativas políticas medioambientales de ciertos gobiernos intentan cambiar la geografía, el paisaje y la forma de vida de todos aquellos que sufren las consecuencia. Y a los que, por cierto, nadie les pidió su opinión para destruir cerros, hacer presas y pantanos.

Creando así un negocio privado de un bien público.

Contaminando de manera total y negando el futuro a otras generaciones.

A través de fotografías y testimonios directos, los afectados dejan de ser una fría estadística para comunicarnos en directo sus angustias, razones y esperanzas.

Según las Naciones Unidas, 1.100 millones de personas no tienen garantizado el acceso al agua potable; y como consecuencia de ello, unas 20.000 mueren cada día, en su mayoría niños.

Es cierto que gran parte del agua existente no es utilizable directamente por los seres humanos (por ser salada o estar en forma de hielo o vapor). Por otro lado, la diversidad climática hace que haya lugares áridos e incluso desérticos. Sin embargo, todos los pueblos se han asentado cerca de ríos, lagos, fuentes o en territorios donde las aguas subterráneas son accesibles a través de pozos.

Estas imágenes representan la cara amarga de un desarrollo mal entendido; son la estampa de los perdedores de una planificación hidráulica impuesta o inexistente. Recogen las voces hasta ahora silenciadas de quienes se han empobrecido mientras se contaminan sus ríos, sus lagos y sus mares.

La extracción abusiva de caudales, la desecación de humedales, la tala de bosques y manglares, junto a la fragmentación del hábitat fluvial por grandes presas han quebrado la vida de los ríos, haciendo desaparecer la pesca: la proteína de los pobres. En el Mar de Aral, el Lago Chad, la Amazonía, el Mekong, el Río Amarillo, el Paraná o en los manglares de América, Asia y África, la destrucción de pesquerías conlleva malnutrición y hambre para las comunidades ribereñas.

Hemos transformado el agua, elemento clave para la vida, en el agente más letal jamás conocido.

Entre 40 y 80 millones de ciudadanos han sido desalojados en el último siglo por la construcción de grandes presas, que en muchas ocasiones no tuvieron en cuenta los impactos ecológicos y humanos. Muchos de estos desalojados fueron expulsados violentamente de sus casas; desplazados a zonas no fértiles, sin historia o sin servicios.

Sólo en el siglo XX, se contruyeron 45.000 presas.

Nuestro país es el 1º del mundo con más embalses por habitante (30 por millón de españoles).

Luego está la agricultura intensiva, que es la principal consumidora de agua dulce a nivel mundial. Y la principal responsable de la disminución de las aguas subterráneas.

En España, se consume el 75% de los recursos hídricos y, sin embargo, se sigue regando de forma ineficiente en muchos lugares. El abuso de fertilizantes y plaguicidas causa la contaminación de los ríos y acuíferos con estas sustancias, lo que repercute -lógicamente- en la salubridad del agua.

Para que nos hagamos una idea, para producir un kilo de patatas, hacen falta 160 litros de agua; 1.500 litros para hacer crecer un kilo de maíz; y la cifra nada menos ezpeluznante de 15.000 litros para llegar a generar un kilo de carne vacuno.

Todo un despropósito, que nos tiene que hacer pensar sobre la consumición a veces excesiva de proteínas animales en nuestra dieta.

El turismo no ayuda tampoco. La oferta de “sol y playa” trae a las playas españolas millones de turistas cada año. Aumentando así de forma descontrolada la urbanización costera y, por ende, increscendo la demanda de agua. Y precisamente este incremento temporal de la población coincide con los meses y la época más seca.

Aparte, según datos de 2005, 6 de cada 10 municipios españoles no depuraban correctamente sus aguas.

De media, el turista consume el doble o incluso el triple de agua: de 440 a 880 litros por día y persona.

España tiene además el dudoso honor de encabezar la lista de los países más áridos de la UE. Un tercio de nuestro territorio sufre una elevada tasa de desertificación, y un 6% se ha degradado irreversiblemente.

265 litros de agua por cada español se consumen cada día.

Estamos en suma ante un verdadero holocausto hidrológico, en el que las víctimas son invisibles, lejanas y sin rostro; prescindibles en nuestra conciencia.

Con la exposición Agua, Ríos y Pueblos se propone dar la palabra a esas personas, a la vez víctimas y luchadores por un mundo más justo, digno y sostenible. Se trata de proyectar el perfil humano de los conflictos del agua en el mundo, dando posibilidad de expresarse a quienes más sufren y luchan. Tal vez no tengan la solución a los problemas; pero lo que no cabe duda es que los sufren en primera línea, y por ello merecen ser escuchados y tenidos en cuenta.

Expo hasta el 30 de mayo en Barcelona. Luego, se desplazará a Tarragona (julio y agosto de 2010), Tortosa (septiembre), Zaragoza (octubre), Vitoria-Gasteiz (noviembre), San Sebastián-Donostia (diciembre y enero de 2011) y Bilbao (febrero-marzo).

Soy de los que piensan que hay que ver el futuro en positivo, a pesar de los pesares.

Miremos la botella medio llena en lugar de medio vacía.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán