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Antony & the Johnsons

Si no fuera por sus gestos amanerados y su delicadísimo, casi imperceptible tono de voz, Antony Hegarty podría pasar por un luchador de sumo.

Este gigante con cara de muñeca de porcelana -que en 2011 cumplirá 40 años- estrena disco con su grupo neoyorkino Antony & the Johnsons. El 4º album de su carrera profesional, con ‘Swanlights‘ (2010).

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“La idea de Swanlights es que cuando alguien muere, como el oso de la portada, el espíritu salta del cuerpo y puedes verlo. Por un segundo, lo invisible se hace visible. Vida y muerte conviven“.

Amigo de la también compositora y cantante Björk, Antony siempre -como ella- ha defendido en sus letras el medio ambiente, las injusticias sociales, y ha criticado sobre muchos aspectos. Mucho y contra todo.

No tiene “pelos en la lengua” al hablar de las religiones“Los cultos masculinos como el cristianismo, el islam o el budismo son represores. El capitalismo: “Las fuerzas económicas acumulan el poder. Más que los Gobiernos, ellos son los que legislan”. La política: “Odio a esos retrógrados del Tea Party” (el ala radical del partido republicano en EE.UU.). Incluso las clases medias: “En América votan contra sus propios intereses. Ellos impiden que haya escuelas o bibliotecas. Tienen miedo al comunismo. ¿Los hospitales públicos son comunistas?”.


Todos los males tienen, según él, una sola causa: “Vivimos en un mundo dominado por hombres, basado en la dominación, la destrucción de recursos y la violencia”. Y no es cosa del ser humano como especie sino del macho como género. “¿Cómo podemos saber que las mujeres son iguales si nunca las hemos dejado gobernar? Ellas apoyan el sistema porque no conocen ninguno mejor”.

Resulta curioso este discurso viniendo de un artista cuyas señas de identidad son canciones de una belleza catártica.

Heredero de voces intensas y confesionales (Nina Simone, Billie Holiday, Marc Almond o Jeff Buckley), busca sublimar los sentimientos. “Mi arte no está separado de la realidad. No tiene sentido hacer como si vivieras en un jardín paradisíaco. Cualquier día los soldados van a llamar a tu puerta. Has de conectar tu oasis interior con el exterior”. “Mi lucha personal se refleja en mi arte. Soy un artista pop, canto de una forma folk, no tengo una educación académica, no soy particularmente inteligente. Hablo desde el sentido común. Soy lo que soy. Una persona que intenta cantar en el estilo de los artistas pop que amo”.

Y su lucha personal empezó con la asunción de su naturaleza transexual. “La perspectiva del mundo de un transexual es distinta. En mi imaginación, un transexual es casi como un animal salvaje. Ha nacido en una familia desafiando los roles que le han sido impuestos por su madre y su padre. Está tan cerca de la naturaleza que le es obligado manifestar su diferencia. Es su papel desafiar lo establecido. Así que, de una forma poética, me gusta pensar que soy parte de la naturaleza”.

Todo comenzó hace cuatro años, cuando Antony & The Johnsons publicaron ‘I am a bird now’ (2005).

Un disco colosal, esa clase de trabajo que parece no proceder de ningún lugar físico, ni haber sido registrado en un tiempo que puedas determinar con la referencia de año, mes y día. En su interior, una voz que sin rubor calificamos de celestial, desgranaba versos sangrantes como este: “Algún día creceré / y seré una mujer bella / algún día creceré / y seré una chica bonita / pero por ahora soy un niño / por ahora soy un chico”.

Capaz de cantar eso y así, de reconocer de una manera tan cruda el horror del presente mientras parece cegado por la luz de la esperanza, de convertir una realidad dramática en una saltarina canción de niña.

Antony dice cosas como estas cuando habla de su música: “Se trata de expresar emociones y sentimientos. Realmente, en este mundo es difícil encontrar lugares donde poder hablar a corazón abierto. No existen canales para ese tipo de comunicación, ni en la escuela, ni siquiera en la familia. No nos damos cuenta de lo que nos falta, del potencial que no empleamos. Y la comunicación es cada vez más difícil”.

A muchos les sorprendió que I am bird now ganara hace cinco años el Mercury Music Prize. El prestigioso galardón que premia al mejor disco británico del año, ya que Antony había hecho su carrera en Nueva York.

Pocos sabían que sus orígenes estaban en Chichester, una localidad de poco más de 20.000 habitantes en el condado de Sussex, al sur de Inglaterra. En esta ciudad, famosa por su bella catedral, Antony recibió una educación católica que chocaba frontalmente con su conflicto interior: ser chico, sentirse chica.

BREVE PERO INTENSA DISCOGRAFÍA

El pequeño Antony tenía un olfato especial para la cultura underground. Su familia vivió en distintas ciudades de Europa y pasaba largas tardes viendo programas de televisión con su canguro. Una de esas tardes sufrió un auténtico shock al ver a Boy George en Top of the Pops. “Aquello fue el triunfo de una vulnerabilidad invencible. Me di cuenta de que la música es lo suficientemente poderosa como para cambiar la vida de alguien, recuerda.

A principios de los noventa, tras ser rechazado en el Royal College of Art de Londres, Antony ingresó en la Universidad de Nueva York.

Su hogar, sin embargo, lo estableció en los clubs Pyramid y Limelight, donde actuaba a menudo.

Tras un intento frustrado de crear un grupo de teatro, en el año 2000 logró publicar su primer disco Antony & the Johnson, que había grabado en 1997. Este primer trabajo casi no tuvo repercusión, pero a partir de 2003 empezó a recoger los frutos de los años de trabajo. Lou Reed le llamó para hacer coros en su disco de homenaje a Edgar Allan PoeThe Raven, y el cabecilla de la escena neofolk, Devendra Banhart.

Al año siguiente, un pequeño sello independiente americano –Secretly Canadian– fichó al cantante con cuerpo de gigante, voz de ángel y alma de mujer. “Intento manejarme con cautela en el negocio de la música. Sigo en mi compañía porque es pequeña y confío en la gente que la dirige”. El balance de cuentas de Secretly Canadian en 2005 fue de susto: I am bird now despachó medio millón de discos en todo el mundo.

Todos estos ingredientes elevaron las expectativas del público ante su nuevo álbum, The Crying Light’ (2008).

Lo grabó durante los últimos dos años en su estudio de Nueva York, donde Antony lleva una vida muy conservadora según dice él mismo, pintando, cantando y haciendo vídeos.

Él mismo desveló algunas claves del álbum: la relación con la naturaleza y los elementos. También sobre la crisis climática, el daño que el ser humano puede hacerle a algo básico y elemental como la naturaleza: “Trato de encontrar mi reflejo en el mundo que me rodea, sentirme menos solo, más conectado con los otros”.

En la actualidad, está de lleno centrado en la composición musical de La vida y la muerte de Marina Abramovic. Una ópera sobre la artista serbia a la que -casualidades de la vida- la pude ver el pasado mes de marzo con otra performance en el MoMA de Nueva York.

Estos días han estado ensayando en Madrid Antony, Abramovic y Willem Dafoe (su protagonista), bajo la dirección de Bob Wilson; y la producción de Gerard Mortier y el Teatro Real. El estreno mundial está previsto para 2011 en el Festival Internacional de Manchester.

I need another place
Will there be peace?
I need another world
This one’s nearly gone

Still have too many dreams
Never seen the light
I need another world
A place where I can go

I’m gonna miss the sea
I’m gonna miss the snow
I’m gonna miss the bees
I’ll miss the things that grow
I’m gonna miss the trees
I’m gonna miss the sound
I’ll miss the animals
I’m gonna miss you all

I need another place
Will there be peace?
I need another world
This one’s nearly gone

I’m gonna miss the birds
Singing all this songs
Been kissing this so long

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Por Iñigo Ortiz de Guzmán

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La prohibición del burka

VELO INTEGRAL, ¿SÍ O NO?

El Senado ha propiciado la puesta en marcha para que se legisle la prohibición del burka y del niqab en cualquier lugar público en España. Y esto fue posible ayer gracias a un cambio de posición por parte de CiU, que apoyó en última instancia una moción promovida por el PP, y que insta al Gobierno de Zapatero a vetar su uso en un futuro.

La moción, que no es vinculante, salió adelante con 131 votos a favor: PP (123), CiU (7) y UPN (1) por 129 en contra. Un batiburrillo de intereses sólo entendible en clave electoral ante los comicios catalanes.

Lo cierto es que el debate ha comenzado, y parece que no va a haber marcha atrás.

La propuesta del PP surge al hilo de las distintas iniciativas en el Ayuntamientos de Lleida. La primera ciudad que en mayo decidió prohibir el uso del velo intengral en todos los equipamientos públicos.

A pesar de que la mayoría de los españoles sólo han visto esta prenda en la televisión, en algunos pueblos de la comarca de El Vendrell (Tarragona) se pueden encontrar mujeres completamente cubiertas en la calle con cierta facilidad.

Pero elevar eso a todo el Estado es otra historia. En realidad, en nuestro país se conocen apenas una decena de casos de mujeres que usan burka o niqab.

Los socialistas creen que la actual legislación cubre este aspecto, mientras que los populares -y ahora los nacionalistas catalanes- consideran que la seguridad es primordial, y por eso dicha iniciativa.

Yusuf Fernández, secretario de la Federación Musulmana de España ha advertido del riesgo de ignorar el asunto: “Mirar hacia otro lado nos deja indefensos ante el fundamentalismo“. Y añade: “En el colectivo musulmán no existe un rechazo a prohibir el burka, pero sí existe el temor de que esto sea el comienzo de una campaña más general para atacar el hiyab [el pañuelo que tapa el pelo pero no la cara], minaretes y otros símbolos islámicos“.

Partiendo de la base de que nadie (excepto quienes lo imponen a sus mujeres) está a favor del burka, ¿por qué muchos progresistas están en contra de la prohibición del burka en España?

Dicen que prohibir el uso público de esta prenda para evitar la discriminación de la mujer es como prohibir los moratones para erradicar el maltrato.

Que lo sufran apenas diez mujeres en España, sin embargo, no sería razón suficiente para no molestarse en legislar contra su uso. Pero es que, de hecho, el uso público del burka tal como lo están prohibiendo un puñado de ayuntamientos ya está prohibido.

La ley no permite asistir a un juicio, inscribirse en padrón o recibir clase en la universidad con el rostro totalmente cubierto, ya sea con burka, con pasamontañas o con casco de motorista, ya lo haga un hombre o una mujer.

Me pregunto que si de lo que se trata es de proteger a la mujer vejada por un marido que le impone esa prenda denigrante, también hay ya legislación suficiente. Basta con dejar de pensar en multar a la mujer y perseguir al hombre que la obliga a vestir así.

Precisamente ayer, el Consejo de Europa en Estrasburgo aprobó casi por unanimidad -excepto el Grupo Popular- una resolución sobre el islam y la islamofobia que, entre otros aspectos, desaconseja la prohibición total de los velos integrales que usan las musulmanas, salvo por motivos de seguridad.

A día de hoy, en la UE, sólo Bélgica ha dado el paso para prohibir el velo integral.

Así que conviene que el debate no se saque de quicio. El primero que debe reflexionar es el Gobierno, que parece verse arrastrado por una marea antiislamista sin recapacitar en que el islam no impone esa prenda.

Lo hacen algunos de sus fieles más radicales a los que sí cabe perseguir.

En el fondo de todo esto, subyace el peligro de demonizar una religión y una cultura que en sus expresiones no fundamentalistas debe poder convivir con normalidad en este país cada día más plural.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán