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Las mentiras sobre Irak

“La primera víctima de una guerra es la verdad”

Con esta frase, el periodista australiano y fundador de Wikileaks (sitio de denuncias), Julian Assange defiende la filtración de 391.000 documentos secretos sobre la guerra de Irak, de 2003.

Archivos que demuestran la pasividad de EEUU ante casos de abusos, tortura, violación y asesinatos de civiles. Y que saldrían de la misma fuente que filtró en julio los 90.000 informes sobre Afganistán. Papeles que mostraban la cara sucia de la guerra en aquel país, y el video de la matanza de doce civiles en Bagdad son los dos mayores bombazos informativos de Assange hasta la fecha.

Todo esto ha puesto en jaque el Pentágono, que ha optado por callar.

El viernes se destaparon también el número de bajas civiles: se cifra en más de 100.000 los iraquíes fallecidos (de ellos 70.000 civiles); lo que significa que cada día, durante seis años, morían 33 iraquíes de a pie. Cifras aproximadas que provienen de iraqbodycount.org, la web británica que desde la invasión en 2003 da un parte diario sobre bajas.

El editor de Wikileaks demostró muy pronto por qué es el hombre más odiado por el Pentágono y la CIA. “La mayoría de las guerras comenzadas por democracias han incluido mentiras“.

Vídeo completo (ofrecido por el diario EL PAÍS)

Los documentos revelan que el Ejército estadounidense mintió cuando sostuvo en reiteradas ocasiones que no guardaba un registro de los civiles muertos en la guerra.

También demuestran que el derrocamiento de Sadam Hussein no trajo consigo el fin de la tortura.

Las fuerzas de seguridad iraquíes, entrenadas y equipadas por EEUU, protagonizaron numerosos casos de abusos, que los norteamericanos conocían sin hacer nada por impedirlos.

((Pinchar en el mapa para ver la correlación de bajas civiles))

Habría que hacer una precisión: los datos de Wikileaks provienen de informes del Ejército de EEUU. En su mayoría pueden ser imprecisos o subjetivos, aunque en conjunto sirvan para hacerse una idea de cómo se ha desarrollado la guerra, día a día, en estos últimos seis años.

Al parecer, el Ejército iraquí formaba parte de un sistema creado por la coalición ocupante basado en la ‘vista gorda’.

Según explica el diario The Guardian, cada escenario de este tipo era recogido por los aliados bajo el título “ninguna investigación es necesaria”.

La lectura que han hecho los medios que han tenido acceso a los archivos por adelantado (Le MondeThe GuardianDer SpiegelIraq War Logs y The New York Times) ayude. Este último explica cómo los militares estadounidenses estaban al corriente de los abusos que estaban cometiendo las fuerzas iraquíes.

El periódico enumera latigazos, quemaduras, violaciones y hasta amputaciones. También amenazas por parte de los marines estadounidenses a los detenidos con trasladarlos a las prisiones gestionadas por Bagdad.

Existe una gran cantidad de informes médicos sobre presos que fueron encapuchados, colgados por muñecas o tobillos y sometidos a electro shocks o palizas.

Pero parece demasiado fácil hacer que recaigan todas las barbaridades cometidas en Irak sobre el Ejército o las fuerzas de seguridad iraquíes. El recuerdo de Abu Ghraib (en la fotografía) sigue presente.

Para empezar, porque las fuerzas de la coalición conformaron, dieron el visto bueno y adiestraron a ese nuevo Ejército.

Para continuar, por datos como los siguientes: EEUU estuvo involucrado en la muerte de más de 600 civiles en los ‘check points’.

Y eso, tal y como indica el periódico estadounidense, fue una de las principales causas que provocaron un aumento de la violencia sectaria a partir del tercer año de la guerra. (Ver tabla)

Y por último, porque ese laissez-faire («dejad hacer, dejad pasar») ha sido un objeto recurrente por EEUU y le ha costado muchos disgustos tanto a Washington como a Londres.

Reino Unido ha sido acusado en numerosas ocasiones de permitir que la Inteligencia paquistaní, por poner un ejemplo, torturara a sospechosos de terrorismo detenidos en Afganistán. Detenidos que luego iban a parar a Guantánamo donde eran torturados por militares estadounidenses. Una externalización de la tortura de la que EEUU se ha aprovechado en los años de la guerra contra el terror.

Los informes de los militares estadounidenses revelan que más de la mitad de los civiles muertos en los últimos años (unos 30.000), cayeron por ataques de la insurgencia.

El arma más letal de los militantes chiíes son los denominados ‘Dispositivos Explosivos Improvisados‘ (IED por sus siglas en inglés).

De fabricación casera, los IED son bombas que la insurgencia suele colocar en carreteras y caminos.

Para tener una visión de conjunto de su efectividad, sólo hay que ver las cifras de Wikileaks sobre Afganistán: esos artefactos se cobraron la vida de más de 2.000 personas en los últimos dos años.

LA INFLUENCIA IRANÍ

Otro de los puntos relevantes de la filtración de Wikileaks es la participación de Irán en el conflicto.

En diciembre de 2006, la insurgencia capturaró a varios miembros del Ministerio de Educación Superior iraquí. EEUU, gracias a un informe de la Inteligencia, previó una posible ofensiva para llevar a cabo secuestros de militares amerianos.

Según The New York Times, esos milicianos iraquíes fueron entrenados por los Guardianes de la Revolución iraníes, el brazo armado del régimen de Teherán.

Los informes no se limitaban a hipotéticos secuestros, sino que aportaban evidencias del armamento suministrado por Irán a la resistencia iraquí.

JULIAN ASSENGE

Guste o no, Julian Assange es el guardián de los grandes secretos, el nuevo adalid del periodismo combativo.

Wikileaks, el portal que dirige, se ha convertido en el espacio de las grandes filtraciones, en el lugar donde se derriban las verdades oficiales.

“El secreto es esencial para un imperio”, dijo Daniel Ellsberg en su día.

El autor de la filtración de los papeles del Pentágono en 1971 se presentó en Londres el viernes para apoyar la publicación por Wikileaks de los cerca de 400.000 documentos secretos relacionados con la guerra de Irak.

Tanto ahora como en la época de la guerra de Vietnam, el Estado tiene razones para ocultar lo que ocurre en un conflicto armado.

Assange sigue argumentando que la iniciativa trata sólo de “esclarecer la verdad” de lo ocurrido durante el conflicto: “los ataques contra la verdad comienzan antes de una guerra, continúan durante el conflicto armado y persisten, como ha ocurrido en el caso de Irak, hasta mucho después”.

Lo cierto es que los 15.000 civiles muertos de los que no se había tenido hasta ahora noticia equivalen a cinco veces las víctimas del ataque terrorista del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas de Nueva York.

Por primera vez se conocen además los nombres de muchas de esas víctimas y “cada uno de ellos cuenta una historia de sufrimiento humano y de muerte”, afirma un representante de la ONG Iraq Body Count; y según el cual “no podrá cerrarse el capítulo de ninguna guerra hasta que se reconozca hasta la última víctima”.

“Pedimos por ello a todos y también al Gobierno estadounidense que apoyen nuestro trabajo”, agrega tras señalar que un 80% de los muertos en Irak desde 2003 eran civiles.

Por su parte, el investigador principal de la ONU sobre la tortura -Manfred Nowak- afirma que el Gobierno de Obama tiene la obligación “legal y moral” de llevar a cabo una investigación sobre esta complicidad con torturas, ejecuciones extrajudiciales y crímenes de guerra: “Los responsables deben ser llevados ante la Justicia y las víctimas, recibir la compensación apropiada”.

Amnistía Internacional mantiene una posición similar. Y recuerda que EEUU no puede evadir su responsabilidad sobre lo que ocurría en las prisiones de Irak: “Estos documentos prueban que las autoridades de EEUU eran conscientes de estos abusos sistemáticos durante años, y sin embargo entregaron a las fuerzas de seguridad iraquíes el control de miles de iraquíes que tenían detenidos”, ha afirmado Malcolm Smart.

Los documentos filtrados abarcan de enero de 2004 a diciembre de 2009.

No incluyen, por tanto, la invasión propiamente dicha, aunque sí los primeros meses de mandato de Barack Obama. Difícilmente podrá, sin embargo, responsabilizarse al actual inquilino de la Casa Blanca, que en agosto pasado acuarteló las últimas unidades de combate de EE UU.

A Zapatero le reafirmará en su decisión, tan criticada entonces, de retirar las tropas españolas de Irak, nada más ganar las elecciones de 2004.

Y al primer ministro irakí Al Maliki le deja en una situación aún más delicada, al frente de un país incapaz de formar Gobierno tras las elecciones de marzo pasado. Aunque quizá el más preocupado sea el Pentágono, que ha encontrado en una simple página web -que ya difundió en julio pasado 75.000 archivos secretos sobre Afganistán- a un enemigo hasta ahora imbatible: una nueva forma de guerra asimétrica que ningún manual de estrategía había previsto.

Esperemos que no se vuelva a repetir lo que sigue siendo una verdadera orgía de sangre.

Aunque, es curioso. Desde que la agricultura se creó hace siglos (en el Neolítico), el hombre sólo ha sabido hacer una cosa: matar con tal de tener más tierras, y con ello más poder.

Parece pues que estamos abocados a vivir en continuos conflictos para perpetuarnos.

¿Hay salida a tanta injusticia? Es que, ¿no podemos vivir en paz?

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

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La rendición de los ‘camisas rojas’

Bangkok. Son más de dos meses en los que la capital tailandesa ha vivido momentos de desconcierto en sus calles.

El enfrentamiento entre el Gobierno y la oposición de este país de religión busdista, que nunca aceptó el golpe militar de 2006 contra el ex primer ministro Thaksin Shinawatra ni la legitimidad de las elecciones de 2008, amenaza con destruir una de las economías más prósperas del sureste asiático. Y con ello se teme que arrastre a Tailandia (la misma extensión y con 20 millones más de habitantes que España) a una guerra civil.

Las imágenes que nos llegan desde el 13 de mayo del distrito comercial de Bangkok -unos tres kilómetros cuadrados ocupados desde primeros de marzo por los llamados ‘camisas rojas‘- son un aviso de lo que puede suceder en otros muchos países con democracias frágiles, regímenes atrincherados en sus privilegios y millones de campesinos marginados en arrabales de grandes ciudades incapaces de satisfacer sus necesidades más elementales de vivienda, higiene, trabajo y educación.

Este grupo de oposición al actual ejecutivo representa a las clases más desfavorecidas.

En su mayoría proceden del ámbito rural del norte y el noreste del país. Su principal objetivo es terminar con lo que consideran una falta de democracia real, debido a que la vida política tailandesa está controlada por la élite urbana con el apoyo del Ejército. La organización que les representa es el Frente Unido para la Democracia y contra la Dictadura. Sin duda, todo un movimiento de presión que se cree que cuenta con la simpatía del 65% de la población tailandesa.

Entre otras cosas, reclaman el regreso de Thaksin Sinawatra. Un multimillonario de 62 años que hizo su fortuna en el sector de las telecomunicaciones, pero del que se benefició la gente con menos recursos gracias a sus políticas sanitarias y educativas.

El problema comenzaría hace cuatro años cuando un golpe de estado militar acabó con su mandato como primer ministro, de marcado carácter populista. Se exilió en Londres y Dubai (donde vive en la actualidad) después de ser condenado en 2008 por corrupción y fraude.

Con 84 muertos y cerca de 1.600 heridos (cifras oficiales) en las ocho semanas que dura ya la última explosión del conflicto, es casi imposible una solución negociada.

La única esperanza -mencionada por algunos dirigentes de los manifestantes- está en elecciones anticipadas y limpias, y en una nueva intercesión del rey Bhumibol Adulyadej; el monarca más longevo del mundo (desde 1946, aunque fue coronado en 1950).

Sin poderes ejecutivos, pero considerado aún casi un semidiós por una minoría de tailandeses. Oficialmente reina pero no gobierna al tratarse de una monarquía constitucional, ha desempeñado históricamente el papel de árbitro imparcial en este tipo de crisis.

El hecho es que el reverenciado monarca, de 82 años e ingresado en un hospital, está considerado por los tailandeses una figura casi divina aunque en este conflicto no ha se ha pronunciado con claridad.

Por su parte, el primer ministro Abhisit Vejjajiva se ha retractado de su promesa del 3 de mayo de adelantar las elecciones a noviembre de este año y los manifestantes ya no se conforman con elecciones libres. Ahora exigen la destitución del Gobierno, una reforma constitucional profunda y justicia por los asesinatos cometidos en los asaltos militares a su campamento a mediados de abril y en la última semana.

Lejos de acceder a sus peticiones, Abhisit y los generales que le respaldan han calificado a los manifestantes de terroristas (delito castigado con la pena capital). Asimismo, han bloqueado la zona rebelde, han cortado el suministro de agua y de luz a sus edificios, y han ordenado disparar a todo el que se acerque a 36 metros de los soldados. Es lo que llaman desde el 15 de mayo “zona de tiro libre”. Una orden de francotiradores que recuerda a los peores momentos de Sarajevo en la guerra de Bosnia.

El ejército nunca ha estado alejado de los acontecimientos políticos, como lo demuestra su participación en 18 golpes de estado en los últimos 77 años.

Según los analistas, el ámbito militar refleja lo que ocurre en el resto de la sociedad: una clara división entre el campo y la ciudad, los agricultores y la clase media urbana.

Es un secreto a voces. La cúpula militar actual está más cercana a los posiciones de los ‘amarillos‘. El otro grupo en discordia. Se definen como monárquicos y representan a la clase media urbana y empresarial (El amarillo está asociado al rey de Tailandia). Y, claro, se oponen a la hoja de ruta propuesta por el gobierno ya que consideran que unas nuevas elecciones darían la victoria a los camisas rojas.

El turismo ha caído en picado; las inversiones se han interrumpido; las embajadas han empezado a reducir personal; y el curso escolar, que debía reanudarse esta semana, no comenzará en ninguna de las 400 escuelas de la capital.

Aunque la causa inmediata de la crisis hay que buscarla en el golpe militar de 2006, las raíces son mucho más profundas.

Como señala Thomas Fuller en el dominical del New York Times del 14-15 de mayo, “las reformas políticas han ido siempre por detrás de las económicas en Tailandia”. Los tribunales, la comisión electoral, la comisión anticorrupción y buena parte del Ejército son instrumentos que el Gobierno utiliza a su antojo contra la oposición.

Cuando Tailandia recuperó la democracia, a mediados de los 80, Bangkok era una ciudad de seis millones de habitantes. Entonces, en manos de una elite chino-tailandesa y de una burocracia cívico-militar privilegiada; al tiempo que atrincherada bajo la impunidad de la Casa Real. La mayoría de los tailandeses trabajaba en el campo y vivía en otro siglo. Migraciones masivas a las ciudades han trastocado por completo el sistema.

Como Shangai, Hong-Kong, El Cairo, Ciudad de México, Saigón, Yakarta o Manila,… Bangkok se ha convertido en una urbe de casi 15 millones. El 70% de ellos echa de menos el populismo subvencionado de Thaksin, y exige las mismas condiciones de vida que la clase media y alta que ha monopolizado el poder desde siempre. Pero el sistema se resiste a compartir sus privilegios.

Hace medio siglo la respuesta habría sido otra guerrilla en la selva. Hoy la guerrilla es urbana porque la selva está en la ciudad. Y los guerrilleros -hijos de los que han emigrado del campo en los últimos decenios- ya no tienen tierras a las que volver ni bosques en los que refugiarse para luchar.

Entonces, ¿cuál es la solución?

La situación política es un puzzle de considerable complicación. Una intervención militar que suponga entrar en la zona roja puede conllevar la muerte de centenares de personas y una brecha en la sociedad difícil de reparar.

La retirada de los manifestantes por falta de suministros no es previsible al menos a corto plazo.

La celebración de elecciones tampoco es una garantía de estabilidad. Los que pierdan las elecciones podrían tener la tentación de emprender en las calles acciones de protesta para cambiar al gobierno.

Desgraciadamente parece que, de momento, no hay una salida a este caos.

No ha cabido otra posibilidad que la rendición – muy a su pesar- de los ‘camisas rojas’, de los miles de ciudadanos que sufren las diferencias clasistas.

Todo por el improperio de un Gobierno que ordena matar con tal de perpetuarse en el poder.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán