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Libertad para Suu Kyi

La líder opositora birmana Aung San Suu Kyi ya es una mujer libre

Esta madrugada -tras siete meses de arresto domiciliario- la recién liberada saludó a sus seguidores frente a su vivienda y dijo: “Debemos trabajar juntos para lograr nuestro cometido”.

Su puesta en libertad se produce días después de que el régimen militar celebrase las primeras elecciones parlamentarias en dos décadas sin contar con la oposición, en el último punto de su “hoja de ruta” hacia una “democracia disciplinada”.

La activista, de 65 años, ha vivido confinada en su antigua casa familiar 15 de los últimos 21 años por pedir de forma pacífica reformas democráticas al régimen militar que gobierna Birmania (Burma, en inglés).

Esperemos que esta sea la definitiva.

Suu Kyi ya había sido liberada en otras ocasiones para luego volver ser puesta bajo la custodia del gobierno militar que gobierna Birmania desde 1962.

En todos estos años, desde su reclusión, la premio Nobel de la Paz de 1991 se ha convertido no sólo en la principal portabandera de la lucha por la democracia en el país asiático, sino en un símbolo internacional de resistencia pacífica frente al poder de facto.

Muchas veces se la ha descrito y valorado por esto y por mucho más.

El entonces presidente del comité a cargo del galardón sueco, Francis Sejested, la describió como “un ejemplo extraordinario del poder de los que no tienen poder”.

Su lucha pacífica le ha valido comparaciones con Nelson Mandela, Gandhi y Martin Luther King.

DOS DÉCADAS DE LUCHA

Suu Kyi es también la principal figura de la ahora ilegalizada Liga Nacional para la Democracia, que con ella a la cabeza ganó unas históricas elecciones celebradas en 1990; las primeras en Birmania desde el golpe de Estado que llevó al poder a los militares hace casi 50 años.


Los resultados, sin embargo, no fueron reconocidos por los generales, que ya habían ordenado el arresto domiciliar la pacifista un año atrás.

La eventual ganadora del Premio Nobel tendría que esperar hasta 1995 para ser puesta en libertad, aunque con condiciones.

Y a ese primer arresto le seguiría un segundo período de detención, entre 2000 y 2002, y una tercera orden de arresto emitida en mayo de 2003 y prolongada en tres oportunidades, cuyo vencimiento ha llegado finalmente hoy.

Suu Kyi ya había declarado, sin embargo, que no estaba dispuesta a aceptar una liberación que no implique la plena restitución de todos sus derechos políticos.

Lo que es cierto es que a la líder opositora no se le permitió participar en los comicios celebrados la semana pasada.

Unas elecciones presentadas por la Junta Militar como un primer paso hacia un gobierno civil capaz de garantizar una “democracia disciplinada”, pero denunciadas por Occidente como una farsa.

SACRIFICIOS PERSONALES

El compromiso de Suu Kyi con Birmania parece venir de familia, pues es hija del general birmano Aung San, un héroe nacionalista asesinado en julio de 1947, seis meses antes de la independencia del país y cuando su hija apenas tenía dos años de edad.

En 1960, la líder opositora viajó a la India con su madre Daw Khin Kyi, quien había sido nombrada embajadora en Nueva Delhi, y cuatro años más tarde se trasladó a Oxford (Reino Unido), donde estudió filosofía, ciencias políticas y economía; y donde más tarde conocería a su futuro marido, el académico británico Michael Aris.

Tras una estancia en Japón y Bután, se radicó en UK para criar a sus dos hijos, Alexander y Kim.

Pero Birmania nunca estuvo lejos de su mente y cuando a su regreso en 1988 encontró al país en medio de un periodo de agitación política -en el que cientos de estudiantes, trabajadores y monjes reclamaban en las calles una reforma democrática-.

Aung San Suu Kyi se situó rápidamente a la cabeza de una revuelta en contra del gobernante de facto Ne Win.

El resto -su victoria en las elecciones, sus arrestos y sus innumerables sacrificios personales, como dejar de visitar a su marido moribundo en el Reino Unido por miedo a no poder regresar a Birmania- ya es historia.

Una historia de lucha que seguramente no concluirá con el anuncio de su cuarta liberación.

‘In The Quiet Land’ by Daw Aung San Suu Kyi

In the Quiet Land, no one can tell
if there’s someone who’s listening
for secrets they can sell.

The informers are paid in the blood of the land
and no one dares speak what the tyrants won’t stand.

In the quiet land of Burma,
no one laughs and no one thinks out loud.
In the quiet land of Burma,
you can hear it in the silence of the crowd

In the Quiet Land, no one can say
when the soldiers are coming
to carry them away.
The Chinese want a road; the French want the oil;
the Thais take the timber; and SLORC takes the spoils…

In the Quiet Land….
In the Quiet Land, no one can hear
what is silenced by murder
and covered up with fear.
But, despite what is forced, freedom’s a sound
that liars can’t fake and no shouting can drown.

La batalla política y humana de la birmana Aung San Suu Kyi no termina en su presunta liberación sino que empieza en la defensa de su derecho a expresarse, moverse y reunirse con sus seguidores, a hablar con la prensa, sea extranjera o no.

Suu Kyi es como Nelson Mandela, un símbolo mundial de la resistencia contra la barbarie de una dictadura, de la honestidad frente a la corrupción de los traidores que empuñan las armas contra su pueblo, de la paciencia como forma de estar en el mundo y de modificarlo.

Afortunadamente no es la única.

OTRAS LUCHADORAS POR LA CAUSA

Shirín Ebadí. Ganadora del Nobel de la Paz en 2003 por su defensa de los derechos humanos, especialmente de mujeres y niños. Fue la primera mujer que llegó a juez en Irán, en 1975. Defendió a familiares de los intelectuales víctimas de “asesinatos en serie” entre 1998 y 1999. Fue detenida en 2000 “por perturbar el orden público”.

Las Damas de Blanco. Son las esposas y las madres de los 75 disidentes cubanos detenidos por el régimen castrista en 2003 durante la Primavera Negra. Desde entonces se han manifestado contra el Gobierno para pedir su liberación. Aún quedan 13 en prisión, a pesar de que ya expiró el plazo dado por La Habana para la liberación de 52 presos políticos que permanecían encarcelados. Las Damas de Blanco recibieron el Premio Sájarov en 2005.

Ludmila Alexéyeva. Ha pasado gran parte de sus 82 años protestando contra la represión política en Rusia. Encabeza el Grupo Helsinki de Moscú, la organización defensora de los derechos humanos más antigua del país. En 2009 recibió el Premio Sájarov como representante de la organización Memorial.

Lubna Ahmed al Husein. Periodista sudanesa y funcionaria de la ONU fue detenida en 2009 por llevar pantalones y condenada a recibir 40 latigazos. La pena fue conmutada por una multa, pero la reportera se negó a pagarla y fue condenada a un mes de prisión.

‘Free Bird Towards a Free Burma’ by Daw Aung San Suu Kyi

My home…
where I was born and raised
used to be warm and lovely
now filled with darkness and horror.

My family…
whom I had grown with
used to be cheerful and lively
now living with fear and terror.

My friends…
whom I shared my life with
used to be pure and merry
now living with wounded heart.

A free bird…
which is just freed
used to be caged
now flying with an olive branch
for the place it loves.

Paciencia. Paciencia es de lo que carece Occidente; siempre deprisa, con líderes políticos, económicos e intelectuales de aeropuerto en aeropuerto, de hotel de lujo en hotel de lujo, de centro de convenciones en centro de convenciones, sin pisar la calle, sin mancharse de polvo los zapatos, sin hablar con nadie que no sea como ellos. Siempre decidiendo el destino de las personas que no conocen, que no escuchan, que no existen y empujados por la prisa que marcan las encuestas de opinión convertidas en guías que desplazan a los valores.

La impaciencia es lo que ha derrotado a Occidente en Afganistán. La paciencia dará la victoria a Suu Kyi, incluso más allá de su vida.

Los pronósticos se han cumplido, pero hay que seguir luchando por los valores y los derechos humanos, sino ¿de qué serviría tanta palabra repetida una y otra vez?

Parece que el discernimiento entre lo bueno y lo malo es más palpable en este mundo de injusticias sociales, políticas, raciales, religiosas y personales.

“La ausencia del miedo puede ser un regalo, pero quizá el regalo más precioso sea el coraje adquirido a través de la persistencia, un coraje que procede de cultivar el hábito de impedir que el miedo dicte nuestras acciones, un coraje que puede ser descrito como gracia bajo la presión, una gracia que es renovada constantemente en el rostro de crueldad”. (por Aung San Suu Kyi, octubre de 1990)

“Se piensa que lo justo es lo igual, y así es; pero no para todos, sino para los iguales. Se piensa por el contrario que lo justo es lo desigual, y así es, pero no para todos, sino para los desiguales”. (por Aristóteles, filósofo griego)

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

 

La rendición de los ‘camisas rojas’

Bangkok. Son más de dos meses en los que la capital tailandesa ha vivido momentos de desconcierto en sus calles.

El enfrentamiento entre el Gobierno y la oposición de este país de religión busdista, que nunca aceptó el golpe militar de 2006 contra el ex primer ministro Thaksin Shinawatra ni la legitimidad de las elecciones de 2008, amenaza con destruir una de las economías más prósperas del sureste asiático. Y con ello se teme que arrastre a Tailandia (la misma extensión y con 20 millones más de habitantes que España) a una guerra civil.

Las imágenes que nos llegan desde el 13 de mayo del distrito comercial de Bangkok -unos tres kilómetros cuadrados ocupados desde primeros de marzo por los llamados ‘camisas rojas‘- son un aviso de lo que puede suceder en otros muchos países con democracias frágiles, regímenes atrincherados en sus privilegios y millones de campesinos marginados en arrabales de grandes ciudades incapaces de satisfacer sus necesidades más elementales de vivienda, higiene, trabajo y educación.

Este grupo de oposición al actual ejecutivo representa a las clases más desfavorecidas.

En su mayoría proceden del ámbito rural del norte y el noreste del país. Su principal objetivo es terminar con lo que consideran una falta de democracia real, debido a que la vida política tailandesa está controlada por la élite urbana con el apoyo del Ejército. La organización que les representa es el Frente Unido para la Democracia y contra la Dictadura. Sin duda, todo un movimiento de presión que se cree que cuenta con la simpatía del 65% de la población tailandesa.

Entre otras cosas, reclaman el regreso de Thaksin Sinawatra. Un multimillonario de 62 años que hizo su fortuna en el sector de las telecomunicaciones, pero del que se benefició la gente con menos recursos gracias a sus políticas sanitarias y educativas.

El problema comenzaría hace cuatro años cuando un golpe de estado militar acabó con su mandato como primer ministro, de marcado carácter populista. Se exilió en Londres y Dubai (donde vive en la actualidad) después de ser condenado en 2008 por corrupción y fraude.

Con 84 muertos y cerca de 1.600 heridos (cifras oficiales) en las ocho semanas que dura ya la última explosión del conflicto, es casi imposible una solución negociada.

La única esperanza -mencionada por algunos dirigentes de los manifestantes- está en elecciones anticipadas y limpias, y en una nueva intercesión del rey Bhumibol Adulyadej; el monarca más longevo del mundo (desde 1946, aunque fue coronado en 1950).

Sin poderes ejecutivos, pero considerado aún casi un semidiós por una minoría de tailandeses. Oficialmente reina pero no gobierna al tratarse de una monarquía constitucional, ha desempeñado históricamente el papel de árbitro imparcial en este tipo de crisis.

El hecho es que el reverenciado monarca, de 82 años e ingresado en un hospital, está considerado por los tailandeses una figura casi divina aunque en este conflicto no ha se ha pronunciado con claridad.

Por su parte, el primer ministro Abhisit Vejjajiva se ha retractado de su promesa del 3 de mayo de adelantar las elecciones a noviembre de este año y los manifestantes ya no se conforman con elecciones libres. Ahora exigen la destitución del Gobierno, una reforma constitucional profunda y justicia por los asesinatos cometidos en los asaltos militares a su campamento a mediados de abril y en la última semana.

Lejos de acceder a sus peticiones, Abhisit y los generales que le respaldan han calificado a los manifestantes de terroristas (delito castigado con la pena capital). Asimismo, han bloqueado la zona rebelde, han cortado el suministro de agua y de luz a sus edificios, y han ordenado disparar a todo el que se acerque a 36 metros de los soldados. Es lo que llaman desde el 15 de mayo “zona de tiro libre”. Una orden de francotiradores que recuerda a los peores momentos de Sarajevo en la guerra de Bosnia.

El ejército nunca ha estado alejado de los acontecimientos políticos, como lo demuestra su participación en 18 golpes de estado en los últimos 77 años.

Según los analistas, el ámbito militar refleja lo que ocurre en el resto de la sociedad: una clara división entre el campo y la ciudad, los agricultores y la clase media urbana.

Es un secreto a voces. La cúpula militar actual está más cercana a los posiciones de los ‘amarillos‘. El otro grupo en discordia. Se definen como monárquicos y representan a la clase media urbana y empresarial (El amarillo está asociado al rey de Tailandia). Y, claro, se oponen a la hoja de ruta propuesta por el gobierno ya que consideran que unas nuevas elecciones darían la victoria a los camisas rojas.

El turismo ha caído en picado; las inversiones se han interrumpido; las embajadas han empezado a reducir personal; y el curso escolar, que debía reanudarse esta semana, no comenzará en ninguna de las 400 escuelas de la capital.

Aunque la causa inmediata de la crisis hay que buscarla en el golpe militar de 2006, las raíces son mucho más profundas.

Como señala Thomas Fuller en el dominical del New York Times del 14-15 de mayo, “las reformas políticas han ido siempre por detrás de las económicas en Tailandia”. Los tribunales, la comisión electoral, la comisión anticorrupción y buena parte del Ejército son instrumentos que el Gobierno utiliza a su antojo contra la oposición.

Cuando Tailandia recuperó la democracia, a mediados de los 80, Bangkok era una ciudad de seis millones de habitantes. Entonces, en manos de una elite chino-tailandesa y de una burocracia cívico-militar privilegiada; al tiempo que atrincherada bajo la impunidad de la Casa Real. La mayoría de los tailandeses trabajaba en el campo y vivía en otro siglo. Migraciones masivas a las ciudades han trastocado por completo el sistema.

Como Shangai, Hong-Kong, El Cairo, Ciudad de México, Saigón, Yakarta o Manila,… Bangkok se ha convertido en una urbe de casi 15 millones. El 70% de ellos echa de menos el populismo subvencionado de Thaksin, y exige las mismas condiciones de vida que la clase media y alta que ha monopolizado el poder desde siempre. Pero el sistema se resiste a compartir sus privilegios.

Hace medio siglo la respuesta habría sido otra guerrilla en la selva. Hoy la guerrilla es urbana porque la selva está en la ciudad. Y los guerrilleros -hijos de los que han emigrado del campo en los últimos decenios- ya no tienen tierras a las que volver ni bosques en los que refugiarse para luchar.

Entonces, ¿cuál es la solución?

La situación política es un puzzle de considerable complicación. Una intervención militar que suponga entrar en la zona roja puede conllevar la muerte de centenares de personas y una brecha en la sociedad difícil de reparar.

La retirada de los manifestantes por falta de suministros no es previsible al menos a corto plazo.

La celebración de elecciones tampoco es una garantía de estabilidad. Los que pierdan las elecciones podrían tener la tentación de emprender en las calles acciones de protesta para cambiar al gobierno.

Desgraciadamente parece que, de momento, no hay una salida a este caos.

No ha cabido otra posibilidad que la rendición – muy a su pesar- de los ‘camisas rojas’, de los miles de ciudadanos que sufren las diferencias clasistas.

Todo por el improperio de un Gobierno que ordena matar con tal de perpetuarse en el poder.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

Relaciones UE-Turquía

El primer ministro turco e islamista moderado, Recep Tayyip Erdogan, está estos días en España, invitado por el presidente de turno de la Unión Europea, José Luis Rodríguez Zapatero. Con este gesto, el presidente español quiere poner sobre la palestra la tan ansiada entrada de Turquía en la Unión Europea. Una posibilidad que lleva discutiéndose desde finales de 2005, y al que se oponen los países fundadores de la UE, Francia y Alemania, recelosos de un país islámico de 75 millones de habitantes y de su indiscutible falta de derechos humanos en ciertos aspectos.

Hasta ahora sólo se ha cerrado uno de los 35 capítulos que incluye la negociación de su adhesión a la zona euro -el relativo a Ciencia-, mientras que la mayoría de los 12 abiertos han sido bloqueados por Francia o Chipre. El principal escollo es la negativa turca a abrir sus puertos y aeropuertos a buques y aviones chipriotas, lo que va contra el principio de libertad de circulación. Erdogan no deja de quejarse de que Chipre entró en la UE “por razones políticas”, no por cumplir la normativa, y que ello ha supuesto un castigo para la población del norte de la isla, ocupada desde 1974 por Turquía.

Con todo, la Administración de Ankara mantiene su objetivo de convertirse en miembro de pleno derecho de la UE y no admite otra alternativa, en referencia a un acuerdo de asociación. Su entrevista a Euronews, con motivo del comienzo de las emisiones en turco de esta cadena de televisión hace unos meses, ofrece su visión de los países de los 27, y su relación como Estado laico con otras potencias, especialmente con Asia Oriental.

Casualidad o no a la visita del mandatario turco a nuestro país, en la madrugada del lunes 49 militares fueron apresados por la unidad antiterrorista de Ankara. La fiscalía turca les acusa de haber diseñado en 2003, pocos meses después de la llegada al poder del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), una sangrienta campaña de desestabilización contra el Gobierno del primer ministro Erdogan: la Operación Balyoz (Mazo). Dicha Operación, detalladamente aireada por la prensa turca tras ser destapada hace un mes por el diario liberal Taraf, es un amplio catálogo de acciones encubiertas concebidas por el Ejército para intentar sembrar el caos en Turquía y crear un estado de opinión entre la población que sirva para propiciar un golpe de Estado.

Ante este altercado, Erdogan reiteró ayer en Madrid que proyecta someter a referéndum una amplia reforma constitucional para recortar los poderes de los militares y modernizar el sistema judicial.

Parece, en todo caso, que Turquía quiere dar pasos de elefante para hacerse valer en la institución europea. Pero el principal impedimento sigue siendo Chipre. Veremos en qué acaba todo esto, y si la UE está ahora dispuesta a ampliar a su lista a un socio como Turquía en una época de crisis como la actual.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán