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Mon amour

Amor

Algunas personas dicen “te quiero” y quieren decir “me he encaprichado de tí, me haces gracia, te echo de menos, pienso en tí, no me aburro contigo, me gusta la música que te gusta, me lo paso bien, me pones a mil, me encanta que me recomiendes películas, he soñado contigo, me encanta que viajemos, me intrigan tus secretos, me gustan tus piernas, me gusta tu culo, me produces ternura, a veces te estrangularía…

Otras dicen “te quiero” y quieren decir “tengo miedo de estar solo/a, no me dejes, me aburro, no sé cómo encarar el porvenir, no sé si te quiero más que otro/a, no sé qué es exactamente querer, me gusta que me quieras, me gusta el sonido de tu voz cuando me dices que me quieres, no quiero sentir que no tengo a nadie que me diga que me quiere“.

Y otras, las menos, dicen “te quiero” y quieren decir exactamente eso.

Son palabras de Isabel Coixet (directora de cine) de este fin de semana en el magazine DOMinical.

Cierto es que hay muchas maneras de decir un te quiero, de expresar frases con sentimiento. Aunque no es menos cierto que cada uno es un mundo; Cada uno sabrá lo que siente y con qué palabras las emite.

“La vida no es fácil, pero tampoco difícil”, decía una cubana de pura cepa que conocí cuando visité la isla caribeña en 2005. Si lo traspolamos al tema de hoy, se podría decir que amar no es fácil, pero tampoco tiene por qué ser difícil. ¿Sí o sí? ¿No será que, en ocasiones, nos complicamos la existencia? I think so…

Se comenta que a los quince años el amor es búsqueda y esperanza. A los veinte, es deseo y pasión. En la cuarentena, el amor es aventura y sexo. Ya con sesenta años, se habla de ternura y placidez. Y, de llegar a los ochenta, el amor es sólo amor.

Sea como fuere, no se pueden poner clichés. Como tampoco se puede etiquetar el amor a una madre, a tu pareja, a tu abuela, a una mascota, o a tu ipod. La intensidad y la diferencia es consustancial en cada caso.

I love you; Maite zaitut; Je t’aime; Vos amo; T’estimo; Ti amo; Ngo oi ney;…Qué importa en qué idioma se diga, sino decirlo con puro sentimiento. Si no es así, mejor callar.

Siempre nos quedará París y Sam…

Casablanca (1942)

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

Saramago vs. Coixet

Vida-muerte; Pasión-frialdad; Alegría-tristeza; Ternura-rudeza; Verdad-mentira; Teatro-cine; Amor-odio; A-Z; 0%-100%; Blanco-negro; Guapa-fea; Paciencia-impaciencia; Perfección-simpleza; Ruido-silencio; Lleno-vacío; Paz-guerra; Luz-oscuridad; Justicia-injusticia; Amor-desamor; Bullicio-soledad; Caliente-frío.

Dos Grandes del arte literario y audiovisual, José Saramago e Isabel Coixet.

Ambos retratan, como pocos, las perfecciones e imperfecciones de un Mundo cada vez más individualista, o no, depende cómo se mire. Y todo desde un sentido filosófico y metafísico. En sus obras tocan los lados opuestos del ser humano de una manera brillante. Bueno o malo, magnífico o simplón…Todo llevado hasta el punto más extremo. Y lo hacen sin caer en la banalidad.

Acabo de terminar de leer la novela “Intermitencias de la muerte”, donde el autor nos muestra la inconformidad del Hombre.

Con un toque de humor, Saramago lanza varias maneras preguntas al aire. ¿Realmente podríamos ser inmortales? ¿Sería soportable, desde un punto de vista filosófico y religioso? ¿Los gobiernos estarían preparados para tal disyuntiva? ¿Nosotros mismos también? Parece que no…

Pero, siempre quedan las sorpresas. Siempre podemos pensar en la bondad de una muerte que incluso ella misma puede estar perdida en lo que se supone que hay que hacer.

Lo dicho, el libro es todo un recorrido metafísico. Un relato que nos ofrece las cosas positivas de la sociedad, pero también su falta de valores. Las antítesis, al fin y al cabo.

Por su parte, en “Mapas de los sonidos de Tokio”, la última película escrita y dirigida de Isabel Coixet, éste dilema es otra de las características. Casi dos horas de largometraje en el que se aprecia que no todo es bueno o malo, grande o pequeño,…

Ryu es una chica solitaria de aspecto frágil que contrasta con la doble vida que lleva: de noche trabaja en una lonja de pescado en Tokio y esporádicamente recibe encargos como asesina a sueldo.

El señor Nagara es un poderoso empresario que llora la muerte de su hija Midori que se ha suicidado, y culpa del suicidio a David, un hombre de origen español que posee un negocio de vinos en Tokio. Ishida, un empleado del señor Nagara que amaba a Midori en silencio, contrata a Ryu para que asesine a David…

Un ingeniero de sonido, obsesionado con los sonidos de la ciudad japonesa y fascinado por Ryu, es el mudo testigo de esta historia de amor que se adentra en las sombras del alma humana allá donde sólo el silencio es elocuente.

“Se necesita un año de silencio para comprender el sonido de un suspiro” (Anónimo)

Por Iñigo Ortiz de Guzmán