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Franco resiste

Cualquiera que abra un libro y lea que Franco fue un general valeroso y católico, que participó en un golpe de Estado contra un Gobierno caótico con el único fin de restaurar la monarquía democrática, probablemente pensará que se trata de una de aquellas historias de la cruzada española que el régimen utilizó como propaganda.

La sorpresa es mayúscula cuando uno se percata de que no se trata de ningún panfleto franquista, sino del Diccionario Biográfico Español.

Una monumental colección de 50 tomos.

Y editada precisamente por la Real Academia de la Historia, que le ha costado al erario público 6,4 millones de euros, y que presentaron hace una semana el rey Juan Carlos y la ministra Ángeles González-Sinde.

La entrada del diccionario correspondiente a Francisco Franco Bahamonde, que ocupa cinco páginas del volumen número 20, tan sólo dedica un párrafo a hablar de la Guerra Civil e incluye afirmaciones tan polémicas como esta: “Montó un régimen autoritario, pero no totalitario.

Va más lejos todavía que la definición que da la RAE de franquismo, al que califica como movimiento “de tendencia totalitaria”.

¿AUTORITARISMO O TOTALITARISMO?

Lo que es cierto es que Francisco Franco es de los pocos personajes históricos que han dado su nombre a un régimen político, lo que pone justamente de relieve una de sus principales características: el papel central que en él tuvo el líder.

Podría darse una definición mínima y formal de la dictadura como aquel régimen político en el que un individuo, o un pequeño grupo de individuos, ostenta un poder ilimitado (esto es, sin limitaciones constitucionales) y lo ejerce de forma discrecional. Franco ostentó en todo momento el poder absoluto (y vitalicio); por lo cual calificar su régimen de dictadura releva de la definición objetiva y no del “juicio de valor” (así se justifica el académico Luis Suárez por no haber empleado este término en su reseña del “Generalísimo”).

Eve Giustiniani -doctora en Estudios Hispánicos y profesora en la Universidad de Aix-en-Provence (Francia)- lo entiende así. Y añade que calificar el franquismo de autoritario o totalitario es algo más delicado.

Primero porque el régimen atravesó distintas fases y tuvo que adaptarse a lo largo de casi cuatro décadas a las circunstancias que lo rodeaban.

Desde 1936 hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, Franco dirigió un sistema nacional-sindicalista y falangista indudablemente totalitario, según Gustiniani; pero a partir de este momento, buscando nuevos apoyos internacionales, redefinió el régimen como esencialmente católico y anticomunista.

Y luego porque no existe consenso en la comunidad científica sobre la definición de los términos de totalitarismo y autoritarismo.

Para poder definirse como totalitario, al franquismo le faltaría la ambición de englobar todos y cada uno de los aspectos de la vida en un partido único, confundido con el Estado. Una de las peculiaridades del régimen fue su identificación con el líder, la lealtad al Caudillo colocada por encima del acatamiento a la jerarquía del partido.

De lo que no se puede dudar, en cambio, es de que el régimen franquista nunca tuvo una Constitución como tal. Por lo que el franquismo es y fue lo contrario de un Estado de derecho.

Lo peor es que la publicación no tiene remedio.
Lo peor es que media docena de voces han lesionado la credibilidad de un Diccionario en el que se ha invertido mucho dinero público, y han puesto en berlina a una ilustre institución siempre discreta.

Una obra de estas características publicada en Francia no hubiera puesto paños calientes sobre la figura de Pétain (que tomó de Franco la idea de autodesignarse jefe de Estado), ni un diccionario belga hubiera disimulado el recuerdo de Léon Degrelle (que murió en Madrid bajo la protección del franquismo).

El catedrático de literatura, José Carlos Mainer, piensa que por estas y otras muchas cosas la trayectoria política de Franco tiene sentencia firme y es falso que haya sobre ella ninguna polémica de historiadores, como no la hay sobre Fernando VII.

Conviene que se sepa que los defensores de Franco y su herencia no son historiadores solventes, o son aficionados ambiciosos que ejercen de oráculos de un público cautivo.

Mainer entiende que no es de recibo decir que a los jóvenes de hoy les es más familiar el adjetivo “autoritario” que el sustantivo “dictadura”. Ni se puede esgrimir el derecho a la libre opinión de un autor cuando se trata de una obra colectiva y cuando existe una dirección profesional responsable.

Al final, no se trata de ejercer la censura sino el sentido común.

Aquí ocurre lo que en otros lugares no ocurre.

Se tiene en cuenta al medievalista Luis Suárez (sí, sí,…medievalista;  e historiador vinculado a la Fundación Francisco Franco) para escribir sus opiniones sobre éste o sus piadosas consideraciones sobre Escrivá de Balaguer -a las que tiene perfecto derecho-.

Mientras tanto, a historiadores de la talla de Julián Casanova o Paul Preston se les tendrá que caer la cabeza de vergüenza ajena.

Ver que Suárez no hace una sola mención a la represión franquista durante y después del conflicto, que ellos tanto han tratado.

Pero claro, esto es España. Somos así.

Todo lo contrario ocurre en Oxford donde los textos se sometieron a un intenso proceso de revisión académica por un extenso equipo de editores, que con frecuencia devolvían las biografías a sus autores para que las corrigieran.

Pero no pasa nada. En España somos así, ensalzamos cosas así.

Transcribimos la Historia y ya está. Y dejamos que Suárez afirme que él no es partidario de la “memoria histórica” sino de la “conciencia histórica”.

Es verdad que no es bueno legislar sobre la “memoria histórica”.

Lo que parece difícilmente compatible con esa conciencia es la exoneración de las culpas de Franco y del franquismo. Aquello de la “verdad histórica” es un concepto al que suelen ser muy aficionados los historiadores reaccionarios.

Los demás se limitan a buscarla.

© Iñigo Ortiz de Guzmán

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La octogenaria Thatcher

Margaret Thatcher– Grantham (Inglaterra, 1925)

Conocida también con el sobrenombre de «La Dama de Hierro», la que fuera Primera Ministra del Reino Unido entre 1979 y 1990, acaba de cumplir 85 años.

Fue, además, la primera mujer en liderar el Partido Conservador desde mediados de los años 70 hasta 1990.

En la actualidad, ostenta el título de Baronesa Thatcher de Kesteven, Lincolnshire, que le otorga el derecho vitalicio y no hereditario a ser miembro de la Camara de los Lores.

SUS COMIENZOS

El hogar y los primeros años de vida en Grantham de Margaret Thatcher jugaron un papel importante en la formación de sus convicciones políticas. Sus padres, Alfred y Beatrice Roberts, eran metodistas.

La vida social de la familia tenía lugar en la unida comunidad de la congregación local, que se mantenía unida por fuertes tradiciones de auto-ayuda, trabajos de caridad y confianza personal.

La familia Roberts regentaba una carnicería mientras sacaban adelante sus dos hijas en un piso encima de la tienda.

Margaret Roberts asistía a un colegio público local y desde allí se ganó una plaza en Oxford, donde estudió química en el Somerville College (1943-47). Su tutora fue Dorothy Hodgkin, una pionera en la cristalografía por rayos X que ganó el Premio Nobel en 1964. Pero la química fue relegada a un segundo puesto detrás de la política.

Siendo una veinteañera, se presentó como candidata conservadora para el bastión laborista del escaño de Dartford en las elecciones generales de 1950 y 1951, con lo que se ganó la fama nacional de ser la mujer candidata más joven del país.

Perdió las dos veces, pero redujo mucho la mayoría laborista y disfrutó sobremanera de la experiencia de hacer campaña. Allí conocería a su marido, Denis Thatcher. Un empresario local que dirigía su empresa familiar antes de convertirse en ejecutivo en la industria petrolera.

Se casaron en 1951. La pareja tuvo gemelos, Mark y Carol, dos años más tarde.

En la década de los cincuenta, Margaret Thatcher estudió derecho, especializándose en tributario.

Cuando los conservadores volvieron al poder en 1970, bajo el mandato de Edward Heath, consiguió el cargo de Secretaria de Educación, entrando así en el gabinete del Primer Ministro. En esta etapa pasó momentos duros.

Los protestantes interrumpían sus discursos, la prensa de la oposición la vilipendiaba, y la propia política educativa parecía estar en curso fijo hacía la izquierda, lo que ella y muchos conservadores consideraban incómodo. Pero hizo su trabajo y aprendió de la experiencia.

El propio gobierno Heath decepcionó a muchos.

Habiendo sido elegido con promesas de recuperación económica mediante el apaciguamiento de los sindicatos y la introducción de políticas de libre mercado, ejecutó una serie de cambios de política; conocidos como “giros en U”) que le convirtieron en uno de los gobiernos más intervensionistas de la historia británica.

Consecuencia política:

Derrotamiento en las elecciones generales de febrero de 1974, dejando un legado de inflación y conflicto industrial.

Muchos conservadores estaban listos para un nuevo enfoque después del gobierno Heath y cuando el partido perdió unas segundas elecciones generales en octubre de 1974, Margaret Thatcher se presentó contra Heath para dirigir el partido. Para la sorpresa general (incluida la suya propia), en febrero de 1975 ella le derrotó a él en la primera vuelta y venció en la segunda a pesar de enfrentarse a media docena de colegas veteranos.

El gobierno laborista de 1974-79 fue uno de los más dados a las crisis en la historia británica, llevando el país a un estado de bancarrota virtual en 1976 cuando un colapso en el valor de la divisa obligó al gobierno a negociar un préstamo con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

La opinión pública se volvió contra el laborismo, y los conservadores ganaron una mayoría parlamentaria de 43 en las elecciones generales de mayo del 1979.

PRIMERA MINISTRA

Margaret Thatcher pasó a ocupar el 10 de Downing Street, convencida de la necesidad de revertir lo que ella consideraba como una situación de declive nacional.

Su filosofía política y las medidas económicas adoptadas durante su mandato se dirigieron hacia la desregularización, principalmente del sector financiero, a flexibilizar el mercado laboral, y a la privatización o cierre de empresas públicas y la retirada de subsidios al resto.

La popularidad de Thatcher cayó en los primeros años de su mandato, debido a la recesión económica y a la alta tasa de desempleo. Pero la posterior recuperación economica y la guerra de las Malvinas en 1982 (volvieron a quedar bajo control británico) llevaron a su reelección en las elecciones generales de 1983.

A finales de la primera administración de Margaret Thatcher, el desempleo en el Reino Unido superaba los tres millones; y sólo empezó a caer después de 1986.

En todo caso, en aquella época se convertiría en una de los fundadores -junto con Ronald Reagan– de una escuela de la política de las convicciones conservadoras, que ha tenido un impacto poderoso y duradero en la política británica y norteamericana; y que le ha dado a ella una distinción internacional que no había conseguido ningún político británico desde Winston Churchill.

Llevó a cabo una línea dura con los sindicatos, sobrevivió al atentado con bomba atribuido al IRA en el Grand Hotel de Brighton, y se opuso a la política de la Unión Sovietica.

La economía siguió mejorando durante 1983-87 y la política de liberalización económica fue ampliada. El gobierno empezó a seguir una política de vender activos del Estado, que en conjunto habían representado más del 20 por ciento de la economía cuando los conservadores llegaron al poder en 1979. Las privatizaciones británicas de los ochenta fueron las primeras de su tipo y resultaron ser influyentes en todo el mundo.

En enero de 1986, la divisiones entre izquierda y derecha en el gabinete Thatcher quedaron expuestas al público con la repentina dimisión del Ministro de Defensa, Michael Heseltine, tras una disputa sobre los problemas empresariales del productor británico de helicópteros, Westland. El ‘Asunto Westland‘ la salpicó de tal manera que se puso en duda su liderato.

Recibió duras críticas desde su propio partido por la decisión de permitir a los aviones de guerra americanos despegar desde bases británicas para atacar objetivos en Libia en abril de 1986.

Pero, con la economía ahora muy fuerte, las expectativas eran buenas de cara a las elecciones y el gobierno volvió con una mayoría parlamentaria de 101 escaños en junio de 1987; lo que fue su tercer mandato.

Estos últimos años serían los mas difíciles, debido a la implantación del Poll Tax (impuesto a la comunidad), ampliamente rechazado por la sociedad.

Este nuevo sistema fiscal municipal se convirtió en un serio problema político cuando los ayuntamientos aprovecharon esta nueva legislación para aumentar los impuestos echándole la culpa del aumento al gobierno Thatcher. (El sistema fue abandonado por el sucesor de Margaret Thatcher, John Major, en 1991.) En cambio, las reformas educativas y sanitarias permanecieron.

La economía fue boyante en 1987 1988, pero también empezó a recalentarse. Los tipos de interés tuvieron que doblarse en 1988. Estalló una polémica en el seno del gobierno sobre el manejo de la divisa, Margaret Thatcher se opuso decididamente a la política propuesta por el Ministro de Finanzas y otros de atar la libra esterlina al marco alemán mediante el Mecanismo de Tipos de Cambio Europeo.

Detrás de esta disputa había un profundo desacuerdo en el gobierno sobre la política hacía la propia Comunidad Europea.

La Primera Ministra se encontró cada vez más enfrentada con su Secretario de Asuntos Exteriores, Sir Geoffrey Howe, en todos los asuntos relacionados con la integración europea. Su discurso en Brujas en septiembre de 1988 empezó el proceso por el que el Partido Conservador, antaño mayoritariamente ‘pro-europeo’, se hizo predominantemente ‘euro-escéptico‘.

Los soviéticos la habían apodado la ‘Dama de Hierro’, un apodo que le encantaba, por la línea dura que adoptó contra ellos en los discursos poco después de convertirse en líder conservadora en 1975.

Pero cuando Mijail Gorbachov emergió como potencial líder de la Unión Soviética, ella le invitó al Reino Unido en diciembre de 1984 y dijo que era un hombre con el que ella podía tratar.
Ella, sin embargo, no suavizó sus críticas hacía el sistema soviético, haciendo uso de nuevas oportunidades para dirigirse a audiencias televisivas en el este para presentar su caso contra el comunismo. De todas formas, jugó un papel constructivo en la diplomacia que suavizó el resquebrajamiento del Imperio Soviético y de la propia Unión Soviética en los años 1989-91.
A finales de 1990, la Guerra Fría se había acabado. Ese hecho disparó la siguiente etapa en la integración europea, cuando Francia rescató el proyecto de la moneda única europea, esperando mantener a raya el poder de la Alemania reunificada.

Para entonces, muchos colegas de su gabinete -que no simpatizaban con ella sobre Europa y dudaban que ella pudiese ganar por cuarta vez unas elecciones generales- abruptamente la abandonaron y no le dejaron otra salida que abandonar.

Así, dimitió como Primera Ministra el 28 de noviembre de 1990. John Major la sucedió y sirvió hasta las elecciones de mayo de 1997, que Tony Blair venció.

MOMENTO ACTUAL

A sus 85 años, y retirada de la vida pública casi por completo, Margaret Thatcher sigue siendo una figura inmensamente polémica en el Reino Unido.

Los críticos dicen que sus políticas económicas fueron divisivas socialmente, que ella fue dura o que sus políticas ‘insensibles’ y hostil a las instituciones del Estado de bienestar británico.

Sus defensores destacan la transformación en la actuación económica del Reino Unido a lo largo de los gobiernos Thatcher y su sucesor. Las reformas sindicales, privatizaciones, desregulaciones y fuertes medidas anti-inflación, y un control del gasto público han creado mejores expectativas económicas para el Reino Unido de lo que habría parecido posible cuando ella se convirtió en Primera Ministra en 1979.

Sea como fuere, tanto los críticos como los admiradores reconocen que el liderazgo de Thatcher fue un periodo de importancia fundamental para la historia británica.

Gustara o no, se ganó un gran prestigio a lo largo de la década de los ochenta y a menudo se ganó el respeto de sus más decididos críticos. De hecho, su efecto sobre los términos del debate político ha sido profundo.

Tanto si se convirtieron al ‘Thatcherismo‘, como si simplemente se vieron obligados a encaramelar a su electorado, la dirección del Partido Laborista quedó transformada durante el mandato de ella y la política del ‘Nuevo Laborismo’ de Tony Blair no habría existido sin ella.

Su última aparición fue en junio de este año, cuando el actual primer ministro británico -y laborista- David Cameron, la invitó a la que fuera su casa durante los 11 años de su mandato de hierro.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán