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Los “héroes” mineros de Chile

Publicado a las 5.25am en España

Tras 70 días de angustia, las 12.11am hora local (5.11am hora española). Florencio Ávalos es el primero -de los mineros atrapados en un pozo del desierto chileno de Akatama- en salir a la superficie. Aplausos, abrazos a sus familiares, y paso por el hospital provisional para hacerle un chequeo…

La agonía se ha acabado. Ahora faltan 32 mineros más en ser rescatados, y bastantes horas (se habla de hasta día y medio) para que la totalidad de los supervivientes estén a salvo. Pero el sueño de muchos -la supervivencia, el encuentro con los suyos- se ha cumplido, o está por cumplirse.

Mil millones de personas en ese momento han visto las primeras imágenes. 170 medios de comunicación acreditados en un hecho sin precedentes en el mundo de la minería.

HISTORIA DE UN RESCATE ANUNCIADO

5 de agosto. Mina San José (norte de Chile). A medio millar de metros de profundidad, varias de las chimeneas y de las rampas que unen la entrada y el taller de trabajo se derrumban. 33 mineros quedan atrapados sanos y salvos. Deciden reunirse y permanecer en el refugio.

Nadie conoce su situación, ni las circunstancias del accidente. Ellos, sí.

 

Los accesos para rescatarles -con o sin vida- están inutilizados. Y es que la rampa principal queda bloqueada por una pared de piedra a 2km. de la bocamina. Momentos de nerviosismo, horas de angustia para los familiares que -tras tres semanas sin noticias- dan por muertos a los trabajadores.

Y el milagro llega. El domingo 22 de agosto, y tras varios intentos, una sonda consigue alcanzar el refugio y confirmar que los mineros siguen vivos.

El país entero se llena de bocinazos, bailes, gritos y banderas. En las calles de Copiapó, en los cerros de Montevideo, en el metro de Santiago, en las gasolineras, desde la primera a la decimoquinta región de Chile, todo es una fiesta. La admiración por ellos crece cuando se sabe que habían sobrevivido con apenas dos cucharadas de atún durante 48 horas, un día tras otro durante 17 jornadas.

El ministro chileno de Salud, Jaime Mañalich, declaró que algunos de ellos –sólo algunos- ingerían “cantidades importantes de alcohol” antes de quedar sepultados y que estaban siendo tratados con un complejo vitamínico llamado ácido fólico. Pero a los dos días, tal vez cuando se percató de que en vez de 33 mineros el país ya los empezaba a mirar como 33 héroes, el propio ministro se apresuró a declarar que ninguno sufría síndrome de abstinencia. Y para la celebración del bicentenario del 18 de septiembre se les envía hasta una copita de vino. Con vino o sin él, estos hombres ya empezaban a hacer historia.

Nunca en ninguna mina había permanecido nadie tanto tiempo atrapado. Setecientos metros por encima de ellos trabaja día y noche un equipo de rescate que ha sido felicitado por la NASA. Los expertos de la agencia espacial estadounidense afirman que en Chile se está gestando el manual de supervivencia sobre cómo rescatar a personas que viven en condiciones de aislamiento extremo.

Se idean tres procesos de trabajo. El plan A comienza el 30 de agosto, con las primeras perforaciones. Una máquina hidráulica (la Raisebore) gira la broca a la vez que ejerce presión con la ayuda de un motor hidráulico, creando así un agujero de 37 centímetros de diámetro.

La velocidad de perforación ronda los 20 centímetros diarios.

Los ánimos no decaen. De hecho, el progreso en la mejora física y mental del grupo salta a la vista. En el primer vídeo que grabaron los 33 bajo tierra se mostraban famélicos, semidesnudos, algunos medio llorando. En el segundo, ya suena música latina, se les ve afeitados y uno de ellos pide entre risas que les manden muñecas hinchables.

Y los trabajos continúan. Una vez que la broca llega hasta la galería donde se encuentran los mineros, se sustituye por otra de 66 cm. de diámetro que amplía el tiro lo suficiente como para poder extraer a los mineros.

Tienen que retirar una media de dos toneladas de escombros diarios desprendidos de la perforación para evitar su obstrucción.

Es entonces cuando se lleva a cabo el Plan B.

El 9 de septiembre la perforadora T-130 (a la que los familiares denominaron La Liebre por su velocidad de avance) finalmente rompe el fondo en la galería del yacimiento San José.

Los operarios, ingenieros y técnicos comienzan a abrazarse y felicitarse. Algunos se echan a correr hacia el bautizado como Campamento Esperanza, donde están las viviendas improvisadas de las familias de los atrapados.

“Soy una mujer sencilla y no me voy a hacer grandes arreglos, sólo quiero esperarlo con algo en el pelo”, dijo entre sollozos Lilianet Ramírez, esposa del minero Mario Gómez, al enterarse de que el Día D del rescate final se acerca. Lilianet fue la primera habitante del campamento y fue quien recibió la primera carta que salió desde las profundidades de la tierra el día que se supo que los mineros se encontraban con vida.

Como ella, varias cartas son escritas a mano como la del minero Edison Fernando Peña -de 34 años- a su novia Angelica.

El mayor, a sus 63 años, es hijo, nieto y hermano de mineros y lleva desde los 12 en las minas; el menor tiene 19 y, como algunos de sus compañeros, nunca había pisado un yacimiento; uno se destapa como un excelente periodista presentador del resto de sus compañeros; otro ejerce de enfermero; hay un guía espiritual que les lee la Biblia evangélica; un inmigrante boliviano sin padres; un minero que va escribiendo todo lo que les aconteció desde aquel 5 de agosto en que el cerro de la mina San José se les vino encima; otro que fue jugador de primera división.

Hace dos meses nadie les conocía.

La mitad de ellos vivían de la zona donde se encuentra la mina y otros tenían que viajar más de 12 horas en los días de descanso para reencontrarse con sus familias.

33 VIDAS BAJO TIERRA

Ahora se preparan libros sobre sus vidas, se filman películas y documentales acerca de la tragedia que les ha tocado vivir.

El mismo Chile que un día engendró a personajes como Salvador Allende o Pablo Neruda, se ha visto hoy reflejado en una gente sencilla, que cada día que pasaba se volvían más grandes. Desde el refugio húmedo y caluroso en el que se encontraban atrapados, algunos prometieron a sus parejas que se casarán en cuanto salieran. Otros, que no veían a sus madres desde hace años, les pidieron por carta que siguieran allí arriba esperándoles.

Muchos pernoctaban en pensiones de la ciudad de Copiapó, a una hora en autobús de la mina. Trabajaban en turnos de 12 horas durante siete días y descansaban otros siete. Solían aceptar las horas extras en los días de descanso porque les pagaban el doble que en una jornada normal. Si no, tomaban el autobús hacia sus regiones. Algunos viajaban hasta 15 horas en dirección al sur.

En todos estos días, sin embargo, ha habido un líder: Luis Urzúa Iribarre, jefe de turno, quien ha sabido lidiar con los problemas cotidianos a 700 metros bajo tierra. “El tipo debe tener algo especial”, comentaba acerca de Luís el psicólogo Alberto Iturra, quien ha dialogado con frecuencia con los sepultados. “No debe haber sido fácil mantener el orden ahí abajo”.

Transcurridas tres semanas desde que los mineros contactaron con la superficie, varios de ellos intentaron tomar el control en el flujo de comunicaciones (abrirse camino por su cuenta y riesgo) y contenidos de objetos que les enviaban. “Era lo previsible”, comentó el psicólogo. “Al ir tomando fuerza se comportaban como adolescentes que se rebelan contra todo”.

En esa situación, desde arriba optaron por reforzar la posición de Urzúa como líder. Los expertos de la NASA habían insistido mucho en que en situaciones de aislamiento prolongado, la existencia de una cabeza pensante y tranquilizadora es vital.

Urzúa estudió topografía y llevaba sólo dos meses trabajando en mina San José, pero 31 años como minero. Fue el primero en establecer contacto con el exterior cuando el presidente se les puso al habla. Un dato curioso: su familia ha sido la única que se ha mantenido al margen de la prensa.

Con todo, la perforadora RIGG 442 -dentro del denominado Plan C– hizo el resto.

De esta manera, los héroes mineros han podido salir finalmente a la superficie a través de una “jaula” transportadora con la que se ha subido a cada hombre de uno en uno. Un viaje de ascenso que ha durado 30 minutos.

Con unos arneses, y con los ojos vendados a fin de evitar que la luz solar les cegara tras tanto tiempo de penumbra.

Al menos 12 horas antes de la evacuación los mineros se han tenido que someterse a ayuno de sólidos.

Objetivo cumplido en tiempo récord.

Si hubiesen muerto, tal vez todo seguiría igual. La noticia apenas habría llamado la atención, como no la llamaron las otras muertes de mineros chilenos en años recientes. Serían una cifra más que sumar a las anteriores.

Ahora, han cobrado estatura humana.

La esperanza es el sueño del hombre despierto (Aristóteles– pensador griego)

El mundo acaba de apreciar lo que vale cada una de esas 33 vidas.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

 

 

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El beso

“El muchacho me agarró y yo cerré los ojos. Le dejé besarme, porque había estado en la guerra, luchando por todos nosotros, y me sentí feliz de hacerlo. Después me dejó sola y me marché”

14 de agosto de 1945

Puede que sea el beso fotografiado más famoso de la historia. Dos totales desconocidos se besaban arrebatadoramente en la plaza Times Square de Nueva York para celebrar el fin de la II Guerra Mundial. El Ejército japonés acababa de capitular.

Él, un marinero del Ejército de EE UU que a día de hoy sigue siendo anónimo. Ella, una enfermera (Edith Shain) de la que no se supo su identidad hasta los años setenta cuando la propia Shein escribió al fotógrafo para decirle que ella era la protagonista del momento épico. Estos días ha pasado a mejor vida a los 91 años, pero siempre será recordada por ese achuchón de película.

El responsable de esa instantánea fue Alfred Eisenstaedt, quien ese día -conocido como V-J Day (Victory over Japon Day)- pudo capturar ese momento épico, convertido en sinónimo de la felicidad y de la espontaneidad.

La fotografía en blanco y negro del día de la victoria se publicó en portada de la revista LIFE.

Cosas de la vida, Eisenstaedt fue acusado en numerosas ocasiones de haber trucado y preparado la imagen, pero él siempre lo negó. Una versión que luego fue corroborada por la enfermera. Según el fotógrafo, se dedicó a seguir por la calle a un fogoso marinero que iba besando a toda mujer que se lo permitía.

A partir de que se revelara su identidad, Shain participó en numerosos acontecimientos relacionados con la efeméride, como desfiles, ofrendas florales y memoriales en recuerdo de los caídos.

Todavía sigue sin identificar el soldado que protagonizó el beso y aún hay varios veteranos soldados de la Marina, hoy octogenarios, que dicen ser el hombre que agarró por la cintura a una desconocida para besarla.

Año tras año desde 2004, cientos de parejas rememoran el mítico gesto en el mismo lugar de la Gran Manzana.

Este beso compite con otro, también famosísimo, el que captó el fotógrafo Robert Doisneau en 1950. En la imagen se ve a una pareja besándose intensamente en una calle de París.

Doisneau logró vender la capital francesa como ciudad del amor, pero el mito se derrumbó cuando el propio fotógrafo reconoció que la pareja había posado.

Francois Bornet y Jaques Corteaud, protagonistas de la escena, eran novios y estudiantes de teatro.

Cuando Doisneau les vio besarse en un café les pidió que salieran a la calle y repitieran la escena. Disparó muchos clics y, en el momento de revelar los negativos, eligió el mejor.

La fotografía se publicó en la revista American Life.

“En un beso, sabrás todo lo que he callado” (Pablo Neruda)


Por Iñigo Ortiz de Guzmán

Sigue en El beso (2)