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Un año sin Vicente Ferrer

UN JESUÍTA EN LA INDIA

(Barcelona,1920- Anantapur,2009)

Ayudar a los más pobres. Éste fue el principal objetivo de Vicente Ferrer. Este misionero catalán que lo dejó todo por uno de los países más castigados por falta de medios: la India.

Estos días, coincidiendo con el primer aniversario de la muerte de Ferrer, se ha sabido que es candidato a Premio Nobel de la Paz -a título póstumo-. Su vida no pasó inavertida, y fueron muchos los reconocimientos como el Príncipe de Asturias de la Concordia (1998) o Personaje destacado de la historia del Siglo XX por la UNESCO (2001).

Toda su filantropía comenzó en el 52, cuando llega a Mumbai (Bombay)-poco después de haber ingresado en la Compañía de Jesús- para completar así su formación espiritual.

Algo debió de marcarle.

La India, un lugar de contrastes, y considerado el más pobre del Planeta. Y es que, a pesar de ser el décimo país más industrializado del mundo -con tecnología y programas espaciales mundialmente competitivos-, también tiene el mayor número de pobres.

Se estima que en la actualidad 330 millones de sus habitantes viven bajo el umbral de la pobreza (viven con menos de 40 centavos de dólar al día). Hay casi 2,5 veces más analfabetos que en todo el África subsahariana, y cerca de la tercera parte de los menores de 16 años está abocada al trabajo infantil.

La República de India es una unión de estados federados que alberga la sexta parte de la humanidad.

El tradicional sistema de castas, a pesar de haber sido abolido por la Constitución en 1950, constituye aún la matriz social del país. Así, las mayores injusticias se comenten con las castas inferiores (dálits o intocables), las comunidades tribales y los pequeños agricultores.

Esta situación pues los obliga a trabajar en condiciones degradantes, a no tener acceso a la propiedad de la tierra y a soportar violencia física y psicológica por parte de las castas superiores.

Su extensa mano de obra hace que sean una opción muy popular para empresas internacionales que externalizan su trabajo.

Ferrer fue consciente de tales diferencias. Y como hombre consecuente con sus ideales, hizo lo que pudo por erradicar esa pobreza. Una labor que generó en su momento suspicacias por parte de la clase dirigente del país, que veía en el misionero una amenaza a sus intereses.

Ante este hecho, más de 30.000 campesinos, secundados por intelectuales, políticos y líderes religiosos, se movilizarían en una marcha de 250km para protestar por la orden de expulsión.

De este modo, y tras un impasse de un año -en el que tuvo que volver a España-, establecería su campo base en 1969 en Anantapur. Uno de los distritos más pobres del país, para continuar su lucha por los que menos tienen.

Ese mismo año dejaría la Compañía de Jesús. Y a los pocos meses se casaría con la periodista inglesa Anne Perry. Juntos fundaron la organización Rural Development Trust (Fondo de Desarrollo Rural).

Otra labor que desde el principio despertó grandes simpatías entre los campesinos indios, pero no entre las clases dirigentes, económicas y políticas, que veían en su labor una amenaza. Sin embargo pudo seguir adelante con sus proyectos gracias al apoyo de Indira Gandhi, que siempre reconoció su labor.

Su esposa, hace pocos días, comentaba: Hoy, me he hecho una pregunta: ¿hoy Vicente estaría contento? Y yo misma me respondo “Sí, Vicente estaría muy contento”.

En 1996 se crea en nuestro país la Fundación Vicente Ferrer, a través de la cual organiza toda su actividad, centrada en los “outcast” (descastados) y en las aldeas tribales del distrito indio de Anantapur.

Su trabajo de canalización y gestión rindió fruto. Tres hospitales generales, uno de VIH, un centro de control natal, 14 clínicas rurales, 1.696 escuelas, unas 30.000 viviendas y unos 2,7 millones de árboles plantados, entre los proyectos más representativos.

Su trabajo y el de las personas que lo han ayudado ha cambiado para bien la vida de dos millones y medio de personas. Sobre todo de mujeres y niños.

Gracias a Anne y a Moncho -uno de sus tres hijos- continúa el legado del cooperante. Este año, la Fundación ha empezado a trabajar en 300 pueblos más, fuera del distrito de Anantapur.

Su trabajo continúa vivo gracias a un equipo de cerca de 1.900 personas y al apoyo de más de 139.000 colaboradores.

“En la pobreza más extrema, en la humanidad desnuda, he encontrado la riqueza más grande”

“El mundo de los pobres nos reclama que ahora, no en miles de años, hagamos realidad su triunfo, su incorporación a la sociedad como ciudadanos”

¿Realmente necesitamos tantas cosas para vivir, para ser felices? ¿O nos lo han hecho creer?

La dignidad es un derecho de tod@s.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

Sudáfrica con Mandela

Nelson Mandela

Se celebran 15 años desde que Sudáfrica ganara en casa el campeonato Mundial de Rugby contra Nueva Zelanda. Todo un hito después de que durante años fueran excluidos de este tipo de competiciones debido al apartheid.

Pues bien, ahora el país africano acoge de nuevo un mundial, ésta vez de Fútbol. Será el próximo 11 de junio cuando de comienzo. Y con él se espera que el nonagenario y ex presidente de la República, Nelson Mandela, vuelva a hacer acto de presencia.

Un símbolo de libertad y de supervivencia.

Un icono a nivel global de la reconciliación y el perdón desde su puesta en libertad el 11 de febrero de 1990.

Clint Eastwood ha sabido plasmar como nadie esta historia en su última película que produce y dirige: “Invictus“. Un film basado en el libro de John Carlin “El factor humano” (Playing the enemy: Nelson Mandela and the Game That Changed the World) y ambientada después de que Nelson Mandela saliera de la cárcel y se convirtiera en presidente de Sudáfrica.

Con el evento deportivo en 1995, el líder sudafricano impulsó y utilizó, con la ayuda de la estrella de rugby Francois Pienaar (Matt Damon), como vía para acabar con el odio y la desconfianza existente durante décadas entre la población blanca y negra del país.

Toda una aportación al mundo cinematográfico que refleja la historia de un hombre de raza negra que -con la perseverancia que le caracteriza- ingresaría en 1944 en el Congreso Nacional Africano (ANC), de inspiración basada en la figura de Gandhi . Un movimiento de lucha contra la opresión de los sudafricanos de color. Y cuya ideología se basó en un socialismo africano: nacionalista, antirracista y antiimperialista.

Este año se cumplen dos décadas desde que Mandela fuera liberado -tras 27 años en prisión- convirtiendo un país de convivencia y de respeto hacia los derechos humanos.

Echemos un vistazo para atrás y comprender por qué.

Corre el año 48. Llega al poder en Sudáfrica el Partido Nacional, que institucionaliza la segregación racial creando el régimen del apartheid (implantado por colonizadores ingleses) como símbolo de una sucesión de discriminación política, económica, social y racial. Fue llamado así porque significa “separación” en Afrikaanses una lengua germánica, criolla del neerlandés.

Este sistema consistía básicamente en la división de los diferentes grupos raciales para promover el “desarrollo”. Todo este movimiento estaba dirigido por la raza blanca, que instauró todo tipo de leyes que cubrían, en general, aspectos sociales. Se hacía una clasificación racial de acuerdo a la apariencia, a la aceptación social o a la ascendencia.

Entre otros aspectos de disfunción racial pasaban porque los negros no podían ocupar posiciones en el gobierno, como tampoco podían habilitar negocios o ejercer prácticas profesionales en las áreas asignadas específicamente para los blancos. Asimismo, el transporte público era totalmente segregado. A los negros no les estaba permitido entrar en zonas asignadas para población blanca, a menos que tuvieran un pase.

En 1959, con el Self Government Act el apartheid alcanzó su plenitud cuando la población negra quedó relegada a pequeños territorios marginales y autónomos y privada de la ciudadanía sudafricana.

Para entonces, Nelson Mandela -que había estado confinado en la cárcel por dirigir un movimento contra el régimen de la época- reaparece en público, promoviendo la aprobación de una Carta de la Libertad. Ahí plasma la aspiración de un Estado multirracial, igualitario y democrático; una reforma agraria; y una política de justicia social en el reparto de la riqueza.

Pero la situación no es fácil. El gobierno responde y crea a finales de los 50 siete reservas (o bantustanes), territorios marginales supuestamente independientes, en los que confinar a la mayoría negra. El ANC responde con manifestaciones y boicoteos, que conducen a la detención de la mayor parte de sus dirigentes. Mandela es acusado de alta traición, juzgado y liberado por falta de pruebas en 1961.

Ese mismo año es elegido secretario honorario del Congreso de Acción Nacional de Toda África, un nuevo movimiento clandestino que adopta el sabotaje como medio de lucha contra el régimen de la recién proclamada República Sudafricana; al tiempo que se encarga de dirigir el brazo armado del ANC (la Lanza de la Nación). Su estrategia se centra en atacar instalaciones de importancia económica o de valor simbólico, excluyendo atentar contra vidas humanas.

En 1962 Mandela viaja por diversos países africanos recaudando fondos, recibiendo instrucción militar y haciendo propaganda de la causa sudafricana. A su regreso es detenido y condenado a cinco años de cárcel. Un juicio posterior contra los dirigentes de la Lanza de la Nación le condena a cadena perpetua en 1964.

Llega así su reclusión durante 27 años en la isla de Robben Island –al estilo de Alcatraz- en penosas condiciones, pero que supuso el principio de una figura legendaria que representaba la falta de libertad de todos los negros sudafricanos.

Mientras tanto, en los años 70, el régimen sudafricano es oficialmente condenado por la comunidad occidental y sometido a un embargo de armas y material militar. Y en 1985, el Consejo de Seguridad de la ONU llama a los estados miembros a adoptar sanciones económicas.

Consciente de su problemática, el gobierno intenta acabar con el tan incómodo mito de Mandela, ofreciéndole la libertad si aceptaba establecerse en uno de los bantustanes a los que el régimen había concedido una ficción de independencia; a lo que el líder negro rechazó el ofrecimiento.

Desde su minúsculo habitáculo en la prisión, Nelson Mandela escribiría el siguiente poema:

Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.

En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.

Más allá de este lugar de cólera y lágrimas
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años me encuentra, y me econtrará, sin miedo.

No importa cuán estrecho sea el portal,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

Y llega el fin de la Guerra Fría que precipita, a su vez, el fin del apartheid.

Frederik De Klerk, presidente de la República por el Partido Nacional, tiene que ceder finalmente ante la evidencia de la presión internacional; y abre el camino para desmontar la segregación racial, liberando a Mandela en 1990 y convirtiéndole en su principal interlocutor para negociar el proceso de democratización.

De este modo, paradógicamente los dos protagonistas Mandela y De Klerk se hacen con el Premio Nobel de la Paz en 1993.

En adelante la población negra recupera sus derechos civiles y políticos.

Y Nelson Mandela se pone en 1994 al frente -quizá por lo que siempre soñó- de la presidencia de la República de Sudáfrica.

Una apuesta -la de la igualdad- por la que siempre será recordado junto a la copa del Mundial de Rugby. Probablemente, los dos momentos que al líder sudafricano más le marcaron, y por los que entrevió que nada es imposible si el objetivo es lícito y justo.

Mandela ha logrado que los 47 millones de habitantes de Sudáfrica se hayan puesto de acuerdo en que no valen más segregaciones por ser de uno o de otro color, de pertenecer a una o de otra religión, por pensar de tal o de cual manera…

Ahora, muy frágil a sus 92 años, “Madiba” el nombre con el que lo llaman los miembros de su clan, limita sus apariciones y se expresa sólo mediante grabaciones de video. Pero su perseverancia por los más débiles seguro que nunca será olvidado.

“Sueño un África en paz consigo misma”

Por Iñigo Ortiz de Guzmán