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La falta de pan en África Oriental

SOMALIA SE MUERE DE HAMBRE

“Si no actuamos esta hambruna se extenderá al resto del sur de Somalia en dos meses, y sus efectos se pueden extender al resto de países de la región” (Valerie Amos- subsecretaria general para Asuntos Humanitarios de la ONU)

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU ha logrado por fin hoy que se abriera un puente aéreo urgente para enviar alimentos infantiles desde Nairobi a Mogadiscio, y combatir así la hambruna en Somalia.

En total, 10 toneladas de suministros de emergencia preparados para tratar la malnutrición infantil.

Lo cierto -y lo triste- es que la sequía (la peor desde los años 50) que azota a buena parte de África Oriental está causando una intensa angustia en las poblaciones vulnerables, muchas de ellas agobiadas ya por la pobreza y la inseguridad.

Las áreas afectadas son muy amplias: los dos distritos de Somalia que ahora están declarados como zonas de hambruna no son más que casos extremos de un desastre mucho más grande que abarca Somalia, Etiopía, el norte de Kenia y la parte más occidental de Sudán, así como  el distrito de Karamoja del noreste de Uganda.

El campamento de refugiados más grande del mundo, situado en Dadaab, en el norte de Kenia, es un claro ejemplo de las consecuencias de la falta de agua.

La población del campamento -que fue erigido para dar cobijo a 90.000 personas- ha crecido en los últimos meses hasta las 380.000 personas.

Y lo peor es que cada día llegan 1.300 refugiados más.

Las Naciones Unidas, que el pasado miércoles declaró oficial la situación de hambruna en dos regiones de Somalia, no tiene cifras exactas sobre el número de fallecidos. El acceso es prácticamente imposible en amplias zonas del centro y el este del país, especialmente las que están bajo el dominio de la milicia islamista de Al Sahaab.

Pero sí sabe que en el cuerno de África hay 11,5 millones de personas “que necesitan asistencia urgente”: 3.7 millones en Somalia, 4.5 millones en Etiopía, 2.4 millones en Kenia, 150 mil en Yibuti y potencialmente muchas más en Eritrea.

La representante de la ONU insiste que “si no actuamos esta hambruna se extenderá al resto del sur de Somalia en dos meses, y sus efectos se pueden extender al resto de países de la región”.

Y aclara:  “No utilizamos con ligereza la palabra hambruna”. (La última vez que Naciones Unidas hizo una declaración de este tipo en el caso de Somalia fue hace 19 años)

MUCHO QUE HACER

Lo sorprendente es que los principales signos de advertencia de la desnutrición y la hambruna ya eran visibles en abril de 2008: los factores climáticos, los incrementos del precio del petróleo, la creciente demanda de dietas de carne en las comunidades más ricas y el desvío de tierras para el cultivo de biocombustibles.

Lo que hizo que estos ingredientes fueran más peligrosos fue la forma en que actuaron sinérgicamente.

El ejemplo más claro de esto fue la persistente crisis alimentaria mundial de 1973-1974, cuando, en su momento más álgido, unos 40 millones de personas de 30 países fueron afectadas.

Las reservas mundiales de grano -considerables entonces-, cayeron a cerca de la mitad de las reservas habituales.

Desde entonces ha habido casi cuatro décadas de “desarrollo”.

Pero los resultados han sido dispares: el mundo se ha hecho mucho más rico, aunque el grueso de ese crecimiento solo ha beneficiado a los 1.500 millones de personas más ricas, en una población mundial que la ONU estima que alcanzará los 7.000 millones en octubre de 2011.

Un mundo mucho más rico está más dividido, que contiene casi dos veces más personas desnutridas que a comienzos de los años 70.

Estos hechos, por sí solos, son una crítica contundente de la forma en que ha evolucionado el sistema económico mundial y, en particular, del olvido de la seguridad alimentaria de decenas de millones de pobres y personas vulnerables.

Es para pararse a pensar -por un momento siquiera-, y ver si desde Occidente hemos contribuído a crear un mundo cada vez más presuntoso, y otro mundo cada vez más pauperado.

Creo que no es esto para lo que estamos aquí.

Sino para compartir.

© Iñigo Ortiz de Guzmán

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No sin mi H2O

Se acerca el verano. Y con el buen tiempo, el aumento del consumo de agua.

Es un componente de nuestra naturaleza que ha estado presente en la Tierra desde hace más de 3.000 millones de años, ocupando tres cuartas partes de la superficie del planeta. Su naturaleza se compone de tres átomos, dos de oxígeno que unidos entre si forman una molécula de agua -el H2O-, la unidad mínima en que ésta se puede encontrar.

El 70% del Planeta está cubierto por agua, pero sólo un 1% puede ser aprovechado por el ser humano.

Eso si lo sabemos aprovechar, claro.

Estos días, el Museu Marítim de Barcelona, acoge una exposición itinerante que ofrece el rostro de las víctimas del mal del uso del agua.

‘Agua, ríos y pueblos’ es el título elegido de esta retrospectiva donde se muestran cómo la avaricia, los intereses empresariales y las negativas políticas medioambientales de ciertos gobiernos intentan cambiar la geografía, el paisaje y la forma de vida de todos aquellos que sufren las consecuencia. Y a los que, por cierto, nadie les pidió su opinión para destruir cerros, hacer presas y pantanos.

Creando así un negocio privado de un bien público.

Contaminando de manera total y negando el futuro a otras generaciones.

A través de fotografías y testimonios directos, los afectados dejan de ser una fría estadística para comunicarnos en directo sus angustias, razones y esperanzas.

Según las Naciones Unidas, 1.100 millones de personas no tienen garantizado el acceso al agua potable; y como consecuencia de ello, unas 20.000 mueren cada día, en su mayoría niños.

Es cierto que gran parte del agua existente no es utilizable directamente por los seres humanos (por ser salada o estar en forma de hielo o vapor). Por otro lado, la diversidad climática hace que haya lugares áridos e incluso desérticos. Sin embargo, todos los pueblos se han asentado cerca de ríos, lagos, fuentes o en territorios donde las aguas subterráneas son accesibles a través de pozos.

Estas imágenes representan la cara amarga de un desarrollo mal entendido; son la estampa de los perdedores de una planificación hidráulica impuesta o inexistente. Recogen las voces hasta ahora silenciadas de quienes se han empobrecido mientras se contaminan sus ríos, sus lagos y sus mares.

La extracción abusiva de caudales, la desecación de humedales, la tala de bosques y manglares, junto a la fragmentación del hábitat fluvial por grandes presas han quebrado la vida de los ríos, haciendo desaparecer la pesca: la proteína de los pobres. En el Mar de Aral, el Lago Chad, la Amazonía, el Mekong, el Río Amarillo, el Paraná o en los manglares de América, Asia y África, la destrucción de pesquerías conlleva malnutrición y hambre para las comunidades ribereñas.

Hemos transformado el agua, elemento clave para la vida, en el agente más letal jamás conocido.

Entre 40 y 80 millones de ciudadanos han sido desalojados en el último siglo por la construcción de grandes presas, que en muchas ocasiones no tuvieron en cuenta los impactos ecológicos y humanos. Muchos de estos desalojados fueron expulsados violentamente de sus casas; desplazados a zonas no fértiles, sin historia o sin servicios.

Sólo en el siglo XX, se contruyeron 45.000 presas.

Nuestro país es el 1º del mundo con más embalses por habitante (30 por millón de españoles).

Luego está la agricultura intensiva, que es la principal consumidora de agua dulce a nivel mundial. Y la principal responsable de la disminución de las aguas subterráneas.

En España, se consume el 75% de los recursos hídricos y, sin embargo, se sigue regando de forma ineficiente en muchos lugares. El abuso de fertilizantes y plaguicidas causa la contaminación de los ríos y acuíferos con estas sustancias, lo que repercute -lógicamente- en la salubridad del agua.

Para que nos hagamos una idea, para producir un kilo de patatas, hacen falta 160 litros de agua; 1.500 litros para hacer crecer un kilo de maíz; y la cifra nada menos ezpeluznante de 15.000 litros para llegar a generar un kilo de carne vacuno.

Todo un despropósito, que nos tiene que hacer pensar sobre la consumición a veces excesiva de proteínas animales en nuestra dieta.

El turismo no ayuda tampoco. La oferta de “sol y playa” trae a las playas españolas millones de turistas cada año. Aumentando así de forma descontrolada la urbanización costera y, por ende, increscendo la demanda de agua. Y precisamente este incremento temporal de la población coincide con los meses y la época más seca.

Aparte, según datos de 2005, 6 de cada 10 municipios españoles no depuraban correctamente sus aguas.

De media, el turista consume el doble o incluso el triple de agua: de 440 a 880 litros por día y persona.

España tiene además el dudoso honor de encabezar la lista de los países más áridos de la UE. Un tercio de nuestro territorio sufre una elevada tasa de desertificación, y un 6% se ha degradado irreversiblemente.

265 litros de agua por cada español se consumen cada día.

Estamos en suma ante un verdadero holocausto hidrológico, en el que las víctimas son invisibles, lejanas y sin rostro; prescindibles en nuestra conciencia.

Con la exposición Agua, Ríos y Pueblos se propone dar la palabra a esas personas, a la vez víctimas y luchadores por un mundo más justo, digno y sostenible. Se trata de proyectar el perfil humano de los conflictos del agua en el mundo, dando posibilidad de expresarse a quienes más sufren y luchan. Tal vez no tengan la solución a los problemas; pero lo que no cabe duda es que los sufren en primera línea, y por ello merecen ser escuchados y tenidos en cuenta.

Expo hasta el 30 de mayo en Barcelona. Luego, se desplazará a Tarragona (julio y agosto de 2010), Tortosa (septiembre), Zaragoza (octubre), Vitoria-Gasteiz (noviembre), San Sebastián-Donostia (diciembre y enero de 2011) y Bilbao (febrero-marzo).

Soy de los que piensan que hay que ver el futuro en positivo, a pesar de los pesares.

Miremos la botella medio llena en lugar de medio vacía.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán