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Laberinto

(del latín labyrinthus, y del griego labýrinzos)

Es un lugar formado por calles y encrucijadas, intencionadamente complejo para confundir a quien se adentre en él.

El laberinto -como construcción y símbolo- está presente en muchas tradiciones culturales de la humanidad.

Tal y como señala el escritor y semiótico italiano Umberto Eco: “la historia milenaria de este elemento revela la fascinación que siempre ha despertado en el hombre porque, de algún modo, le habla de la condición humana: existen infinitas situaciones en las que es fácil entrar pero de las que es difícil salir“.

Resulta sorprendente que el hombre haya creado espacios que representan su angustia ante las diversos interrogantes de la vida.

Son espacios que el hombre ha construido para escenificar sus preocupaciones ante la incógnita del destino, la opción entre múltiples caminos, el perderse en los mundos burocráticos, o el sumergirse en su propia mente.

Fragmento de la película: “El nombre de la rosa” (1986), de Jean-Jacques Annaud

“EL HILO DE ARIADNA”

El mito del MINOTAURO tiene su origen en la isla de Creta donde, entre los años 2000 y 1400 a. de C., se desarrolló una magnífica cultura que influyó sobre los griegos posteriores.

La leyenda dice que Pasifae, la esposa del rey de Creta -Minos-, enfureció a Poseidón -el dios del mar-. Como consecuencia, este  hizo que Pasifae se enamorase de un hermoso toro blanco y que tuviese el deseo de tener un hijo con él. De esta unión nacio el minotauro, de nombre Asterión, mitad hombre (cuerpo) y mitad toro (cabeza).

Tras el nacimiento del monstruo, Minos encargó a Dédalo -arquitecto y artesano- construir un laberinto para esconder a la bestia.

El laberinto era una construcción inmensa de la cual muy pocos eran capaces de salir vivos de ella. El minotauro se alimentaba cada luna nueva y en el caso de que no saciase su gran apetitivo sembraba terror y pánico en el pueblo.

El rey Minos tenía otro hijo, Androgeo, era un atleta, fuerte y con ciertas habilidades para el deporte (ganó los Juegos Deportivos).

Los atenienses tenían un sentimiento de envidia y celos hacia este individuo, por lo que decidieron quitarlo de enmedio asesinándole.

Este acto llegó a oídos del rey Minos que, con un gran sentimiento de venganza, envistió a Atenas con su gran ejercito por haber matado a su hijo. Atenas por su parte, no pudo soportar la oleada del monarca, planteando  la posibilidad de una capitular.

El rey aceptó pero puso una condición imprescindible: Atenas debía enviar cada nueve años a siete jóvenes y a siete doncellas para ser ofrecidos al minotauro para vengar la muerte de Androgeo. Los ministros atenienses vieron una idea algo injusta por dejar a los jóvenes ante el minotauro, pero era la única salida que tenían.

El rey Minos les dió una oportunidad para salvarse: Si uno de los 14 jóvenes era capaz de escapar del laberinto sano y salvo, libraría a Atenas de tal calvario.

En el tercer envío de jovenes al laberinto se encontraba Teseo -único hijo del rey- ateniense, que se ofreció para acabar con el minotauro de una vez por todas y librar a Atenas del castigo del rey que sufrían desde  hace ya bastante tiempo.

Minos tenía dos hijas, una de ellas se llamaba Ariadna, la cual tenía cierto interés en Teseo.

Ella se la jugó ayudandóle, lo que hizo fue ofrecerle un ovillo de lana para que lo fuese desenrrollando a medida que se adentrase en el laberinto. También le dió un puñal para que se pudiese defender.

Poco después llego el temido día para los jóvenes y doncellas, excepto para Teseo.

Él iba tranquilo, con confianza y valentía. Cuando se adentraron en el laberinto se podían escuchar los bramidos del minotauro. Poco después Teseo y Asterión se encontraron cara a cara. Asterión rapidamente fue a embestir a Teseo, pero que, con gran habilidad le dió una puñalada, haciendo que exhalase su último gemido.

Esta hazaña no sólo significó la liberación de los jóvenes y doncellas de ese momento, sino que también Atenas había sido liberada de tal cruel castigo.

Después de vencer a la bestia (gracias al hilo que le había suministrado Ariadna), Teseo pudo volver sobre sus pasos y salir del laberinto una vez que había destruido al Minotauro. Pero cuando Teseo se disponía a partir decidiendo llevarse a escondidas a Ariadna en su nave, en medio de la mar tuvo lugar una gran tempestad que obligó a que anclasen en la isla de Nossos. Allí Ariadna se quedó dormida en el bosque.

De pronto, y rodeada por una monumental ceremonia, se le apareció el joven más bello que jamás antes hubiera visto. Era Dionisios -dios del vino-, quien le ofreció casamiento y hacerla inmortal.

Su búsqueda fue inútil, y nunca la encontrarían.

En tanto, en Atenas cundía la tristeza. El anciano rey iba todos los días a la orilla del mar, esperando ver a su hijo retornar. Al fin, el barco apareció en el horizonte. Pero traía las velas negras y el anciano desesperó. Y es que Teseo, abatido por la desaparición de Ariadna, había olvidado izar las velas blancas, signo de su victoria. Loco de dolor, el rey Egeo se arrojó al mar (que desde entonces lleva su nombre). Pasó el tiempo y los atenienses reunidos en asamblea ofrecieron la corona a Teseo, quien se casó luego con Fedra y reinó por largos años.

Y es por este mito por el que aparece la expresión que todavía se utiliza “El Hilo de Ariadna“, para referirnos al instrumento de que nos valemos para encontrar el camino que conduce a solucionar un problema complicado.

Es válido en sí mismo en tanto nos habla de los ingenios, deseos y pasiones humanas que perduran a través de los milenios, a pesar de los cambios tecnológicos. Cada uno podrá extraer enseñanzas de esta historia, siendo el carácter didáctico lo que más solían apreciar los griegos en sus mitos: el contraste entre la ingratitud de Teseo y la generosidad de Dionisios.

Laberintos UNICURSALES

El Centre de Cultura Contemporània de Barcelona está dedicando una exposición a los laberintos.

La muestra realiza un repaso del concepto y la representación del laberinto a lo largo de la historia –haciendo una clara distinción entre laberintos de recorrido único, unicursales (Labyrinths), y de recorrido múltiple, multicursales (Mazes).

Fuí pues el otro día al CCCB con dos amigos -Maite (crítica de arte) y Maurizio (italiano por los cuatro costados)- a ver la expo Por laberintos’. Y acabé al final deseando encontrar la salida.

Es lo que tiene el laberinto: no puedes resistirte a entrar en él, pero una vez dentro lo que te obsesiona es salir cuanto antes.

Acabas sabiendo que en el mítico laberinto de Creta -padre fundacional del género-, el hilo de Ariadna no hacía ninguna falta.

Y es que los laberintos unicursales te llevan de la entrada al centro y de ahí a la salida sin posibilidad de desviación.

De modo que Teseo no podía más que encontrar al Minotauro: que saliera del lío diseñado por Dédalo dependía, pues, de su habilidad por acabar con la bestia y no de acertar con el único camino de vuelta posible.

De hecho, la exposición te enseña también que los laberintos multicursales -donde hay muchos recorridos ciegos- son un invento relativamente reciente, del siglo XV. Y te explica el por qué de este retraso: el Renacimiento puso al hombre en el centro del laberinto universal y ese hombre cognitivamente procede por ensayo y error, vuelve atrás cuando encuentra el camino cerrado y ensaya otro itinerario.

Es lo que Umberto Eco, que prologa el catálogo, llama el laberinto manierista: una estructura de árbol, con muchas ramas muertas que no llevan a ninguna parte y una sola que conduce a la solución.

Laberintos MULTICURSALES

Aquí, se plantea el problema de la necesidad del hilo de Ariadna para salir de él; como “memoria externa” que nos ayuda a reconstruir los pasos que nos devuelven a la entrada del laberinto.

De hecho, se dedica una sala a la relación entre laberinto y memoria, con un hormiguero como pieza central que permite una aproximación al tema desde la perspectiva de las ciencias de la naturaleza.

Los comisarios de esta muestra son dos sabios del laberinto.

Ramon Espelt, autor de ‘Laberints’, rastrea influencias del género en el arte, la arquitectura, la literatura, la música, la danza y el cine.

Y también se hace mención a autores tan influyentes como Friedrich Dürrenmatt, Martha Graham y, por supuesto, Jorge Luis Borges. Para quienes el laberinto ha sido un tema importante en su obra.

El segundo comisario sabio en materia de dédalos es el arquitecto Óscar Tusquets, el cual ha diseñado la muestra -naturalmente- como un laberinto en cuyo centro se halla el Minotauro.

La fuerza simbólica de esta figura es extraordinaria, pues pasa al cristianismo encarnada en el demonio o bien en Dios, transformándose así el laberinto en metáfora de una vida tortuosa que conduce a la salvación o a la condenación, dependiendo del camino que se tome.

Al final de la exposición hay instalada una cámara de los espejos, siguiendo el modelo de Leonardo da Vinci.

El famoso genio renacentista que le dio (al igual que al protagonista del último film de Francis Ford Coppola, Tetro) por escribir manuscritos secretos de una forma que sólo eran legibles a través de un espejo.

Así uno se convierte en su propio Minotauro o en sus propios demonios entrando y saliendo de las celdas de la biblioteca borgiana. Inquietante.

Tal y como reza el vídeo promocional: El cerebro se inventó para salir de casa. La memoria para volver a ella.

 

La metáfora se cierra: al final del laberinto espera la muerte.

El dibujante rumano Saul Steinberg (1913-1999) ilustra con este garabato la representación imaginada de las trayectorias posibles de una vida. La vida entonces sería un viaje entre A (el nacimiento),y B, el final, la muerte.

“El laberinto es, todos lo sabemos, un mito. También es una metáfora, un espacio simbólico.

No es una cárcel con las puertas y las ventanas clausuradas. No es la privación de la libertad. El laberinto es la imposibilidad de encontrar la salida. Espacio paradójico por excelencia que conduce a la desesperación.

Sabes que está abierto, sabes que tiene una entrada y que por ella se puede volver a salir, pero todos los intentos por encontrarla son vanos. Esa posibilidad de salir y no poder hacerlo, te consume mortalmente.

Toda la vida en el laberinto se reduce a eso, a buscar obsesivamente la imposible salida…

Pero hoy, todo está degradado, trivializado y estoy casi seguro que existe laberintos para turistas perfectamente señalizados y anodinos. Carentes, por lo tanto, de riesgo por la pérdida de la libertad”. (bloguero Juan Yanes)

En definitiva, siempre hay una salida; si sabes cómo.

Exposición Per Laberints (hasta el 9 de enero de 2011)

De martes a domingo, y festivos: de 11 a 20h

Jueves: de 11 a 22h

Cerrado: lunes no festivos

www.cccb.org

Y como todo laberinto, siempre hay un final.

Por Iñigo Ortiz de Guzmán

“Tetro” (Francis Ford Coppola)

Desde sus inicios, el cine ha sido visto como una síntesis de varias artes: el teatro, la música, la danza, la fotografía; además de otras manifestaciones que han nutrido al séptimo arte.

Sin embargo, pocos se han atrevido a trabajar con estas artes como elementos de un mismo relato fílmico.

Pocos como el director americano Francis Ford Coppola, que ha sabido darse el lujo de experimentar con diferentes lenguajes.

Con su última obra –“Tetro” (2009)-, también producida y escrita por el autor de películas como “El Padrino” (1972) y “Apocalipsis Now” (1986), Coppola vuelve en cierta medida a sus orígenes, ya que mucho tiene de “Rumble Fish” (1983); film que le dió notoriedad en los inicios de su carrera.

Para el cinco veces ganador de los Oscars el cine es Arte; pero Arte con mayúsculas.

Por eso quizá siempre ha estado enfrentado a las estrechas miras de la industria de Hollywood que, en los últimos años, ha transformado al cine en un producto manufacturero que ha de venderse a las masas aplicando las mismas estrategias de marketing que las que se emplean para vender automóviles.

Para Coppola, no.

Ha tenido que hacer muchos trabajos meramente alimenticios a lo largo de su carrera, y esa insatisfacción artística le llevó a abandonar el cine hace unos doce años para dedicarse al mundo del vino, siendo precisamente en el desarrollo de esa actividad empresarial con la que se ha hecho multimillonario.

Así, ya no necesita mendigar a las grandes compañías de hollywoodienses para que le contraten como director.

Ahora Coppola hace lo que le viene en gana, y decide realizar películas de bajo presupuesto en otros países para plasmar ese cine que esté libre de las cortapisas que impone el cine norteamericano actual.

En “Tetro”, él mismo ha escrito el guión para hacer una obra muy personal, casi autobiográfica, en la que se nos muestran las relaciones familiares entre hermanos y entre padres e hijos. Y es que la película tiene unas resonancias de tragedia griega con elementos edípicos en la que los protagonistas se ven arrastrados por fuerzas irresistibles que les conducen a reproducir la misma maldición de generación en generación: la rivalidad.

Para ello, Coppola se mudó a Argentina, concretamente a La Boca -enclave de inmigrantes italianos- y a los cafés con sabor a tango, política, innovadoras movidas artísticas. Y donde la bohemia porteña se mira a sí misma en los espejos del neorrealismo italiano, con virutas poéticas y surrealistas.

Lo interesante es que estamos ante una propuesta diferente.

Sinopsis:

Tetro es un joven escritor inédito que deja a su familia en los Estados Unidos para vivir en Buenos Aires, ciudad de sus ancestros, inmigrantes italianos de gran talento musical.

Perturbado por la muerte de su madre en un accidente y por la compleja relación con su exitoso y genial padre, pone distancia a sus parientes.

Conoce en un hospital psiquiátrico a Miranda, joven voluntaria que se enamora de él y le ayuda a retornar a las artes como medio de sanación.

La sorpresiva llegada de Bennie, hermano menor de Tetro, revive el conflicto vital que le mantiene en un estado depresivo. Bennie y Miranda conspiran para sacar a Tetro de su letargo.

Pero, cuando Bennie encuentra los manuscritos de una novela en ciernes, y se da a la tarea de transcribirla y transformarla en una obra de teatro, esto lleva a los personajes a develar un secreto de familia que cambiará sus vidas.

Coproducción: EE.UU.-España-Argentina-Italia

El blanco y negro empleado por el genial narrador nos recuerda a grandes películas clásicas del cine americano más dramático.

De esta manera, la historia tiene algo de las obras de Tennessee Williams y de sus muchas adaptaciones cinematográficas realizadas por directores de la talla de Elia Kazan.

Sin embargo, los flash backs aparecen en color transgrediendo la clásica convención de que el pasado ha de representarse siempre en blanco y negro.

En cuanto a los actores, como sucede en toda su filmografía, Coppola suele elegirlos perfectamente.

Esta película tiene mucho de carácter salvaje, como el protagonista elegido, Vincent Gallo (“Arizona Dream”, “Buffalo 66”, “The Brown Bunny”), suavizado y equilibrado por la gran profesional que es Maribel Verdú (“Y tu mamá también”, “El laberinto del Fauno”), y encendido por el sarcástico registro (un tanto grotesco) de Carmen Maura, además del apoyo de los imprescindibles secundarios.

El debutante Alden Ehrenreich tiene algo del Leonardo DiCaprio de los inicios, y por otro lado resulta una gozada disfrutar del trabajo de actores de los de toda la vida como Klaus María Brandauer.

El elemento que constituye todo un guiño al cine latino es la presencia de dos “chicas Almodóvar” en esta película: Verdú y Maura.

La banda sonora posee gran riqueza, en especial cuando la música porteña acompaña a los personajes por las calles del barrio La Boca. BSO

La fotografía de Mihai Malaimare consigue momentos notables mediante el uso del claroscuro y de la sobrexposición.

Tetro es el primer guión original de Francis Ford Coppola en más de 30 años.

¿Lo mejor? Que la historia es profunda, desgarrada; la puesta en escena está bastante trabajada; y las actuaciones de los tres protagonistas inyectan credibilidad al drama.

Lo que -a mi entender- hubiera gustado es un poco de mas velocidad en el desarrollo de la trama.

En todo caso, es recomendable para remojar la vista en otros modos de narrar, para conocer al Coppola maduro influenciado por lo latino, así como para apoyar la exhibición de filmes de arte en salas especialmente diseñadas para ello.

Y una de las frases que aparece en una de las secuencias, merece la pena marcarla, que dice: “No sueltes la soga que ata a mi alma”

Por Iñigo Ortiz de Gzmán